El
20 de junio de 1908 moría en la calle de Alcalá
Nº 104 de Madrid el músico del que diría
su gran amigo y colaborador Ramos Carrión “Fue el
maestro Chueca perpetuo testigo de la gente que se contenta con pocas
alegrías al igual que tiene escasas facilidades para
lograrlas”.
Este
mismo año también muere el 20 de septiembre el
que fuera uno de los presidentes de la I República en
España, Don Nicolás Salmerón, a los 70
años de edad. Otra triste pérdida fue la del
violinista Pablo Sarasate, considerado el auténtico sucesor
del mítico Paganini. El entierro del maestro Chueca tuvo
lugar en domingo, a las 15 horas. El cortejo fúnebre
abrió la marcha con dos parejas de guardias municipales a
caballo. Bajó dicho cortejo por la calle de
Alcalá, pasando por los teatros Apolo y Zarzuela,
atravesando la Puerta del Sol, despidiéndose el duelo en
capitanía. La presidencia estaba formada por el gobernador
civil, el alcalde de Madrid y sobrinos del maestro. Entre el
público figuraban Bretón, Chapí y
Lleó. Chueca, que tenía sesenta y dos
años en el momento de su fallecimiento, fue sepultado en la
Sacramental de San Justo y Pastor.
El compositor dejó una zarzuela
póstuma titulada Las mocitas del barrio, que
sería estrenada en el Teatro Lara el 29 de marzo de 1913,
con libro de Antonio Casero y Alejandro Larrubiera. Este
último escribió en La Ilustración
Española y Americana su encuentro con Chueca para leerle la
obra: “Se encontraba el maestro rodeado de amigos en una de
sus célebres tertulias en su domicilio y cuando
terminó la lectura dijo: “Esto ya es cosa
mía, ¡me gustan mucho estas mocitas!
Sería la primera vez que a mí no me
gustaran”.
No llegaría a terminar la partitura;
dejó musicalizado el dúo que fue el que cataron
en su homenaje in memoriam Loreto Prado y Enrique Chicote. El resto de
la música la escribiría su buen amigo y
compositor Don Francisco Fuster, profundo conocedor de su obra y de su
procedimiento a la hora de trabajar.
Sobre el estreno de esta obra se leía
en ABC “Es tan gran, tan intensa, tan española y,
sobre todo, tan castizamente madrileña la música
de Chueca que, a pesar de su muerte, unas obras porque quedado en el
repertorio y otras, porque marcar un momento en la historia de los
madrileños, el resultado es que todas han
sobrevivido”.
Fue Chueca el único músico
de Madrid de todas las épocas. Sus pasodobles suenan a
cascabeles de calesera torera y a valiente arresto militar y sus chotis
tienen todo el ritmo del movimiento de una chula de Lavapiés.
Como no podía ser menos, es uno de los
compositores que con su Agua, azucarillos y aguardiente forman la
Primera Trilogía del sainete lírico junto a la
Verbena de
la Paloma de Bretón y La revoltosa de Chapí.
Fue un tanto despreciado por los
académicos, pero se ha demostrado que su música
resiste con lozanía el juicio inexorable del paso del tiempo
mejor que la música de los contemporáneos que la
criticaron.
En los primeros años del siglo XX se
agrava la enfermedad que sufría, la diabetes, y la familia
decide recluirle en casa con toda clase de atenciones y muy vigilado;
como no podía evadirse de su gran afición a las
golosinas se pone de acuerdo con los chicos del barrio, sus grandes
amigos, para que éstos, previo pago, le traigan chocolatinas
y pasteles que el maestro consume con gran avidez y, claro
está, a escondidas de su familia. Siempre fue un
niño grande.
Su última salida
Su último éxito
sería El bateo o ¿quién bautiza al
nrnr? Con libro de Antonio Paso y Antonio Domínguez. El
estreno tuvo lugar el 7 de noviembre de 1901 en el Teatro de la
Zarzuela, con Elsa Salvador, Nieves González, Riquelme,
Valentín González y Pablo Arana. Este sainete
lírico en un acto, perteneciente al género chico
madrileño, nos muestra el Madrid castizo de finales del
siglo XIX. Ese mismo año Chueca estrenaría
también El capote de paseo, que es una
refundación de Los amaestrados. A estas obras le
seguirían La corrida de toros (1902), La borracha (1904) y
ya en 1906, Chinitas junto a El estudiante, del año
siguiente. Todas estas obras no alcanzarían el gran
éxito de las dos estrenadas en 1901, La alegría
de la huerta y El bateo.
Su última salida a la calle fue con
motivo de la verbena de San Isidro, acompañado por su mujer
y su amigo Fernández Prieto, con los que se
acercó a la Pradera. Al llegar, la mayoría de los
organillos tocaban piezas del maestro. El señor Prieto le
dijo:
-El pueblo no le olvida, maestro.
A lo que Chueca respondió:
-El pueblo es el dueño de mi
música; sólo a él le pertenece. Yo no
he hecho más que tomarla de la calle, de las plazuelas,
mercados, tabernas y bailes. Pasaban las notas volando por el fino aire
de Madrid, transparente como el cristal, leve como mi pluma, y no tuve
más que recogerlas. Todo es melodía, voces y
sentimientos de los madrileños. Lo he dicho más
veces y lo repito ahora.
Al maestro Chueca lo compararon con
Ramón de la Cruz, con Goya y con Barbieri. Indudablemente,
fue “el músico chispero de Madrid”. Sus
dúos rezuman el cotilleo de las vecinas y sus romanzas el
decir y hacer de los tipos populares del barrio. En definitiva, su
música va desde el barrio de las Maravillas hasta las
Peñuelas, pasando por Embajadores y la Guindalera.
El secreto de Chueca
El secreto del compositor es bien sencillo:
música pegadiza, popular, a ras de suelo, en las calles,
esquinas, en los puestos de churros, en las verbenas, en el picador, en
el torero, en el chulo, la niña casadera, la aguadora, el
cesante, el anarquista, el pollo pera, en el pueblo… Don
Federico fue el músico que con mayor transparencia y
elegancia dotó al espíritu madrileño
de una credibilidad, sin privarlo de su popular casticismo, siempre
patente en todos los rincones callejeros de su querido Madrid.
El libretista Don Salvador María
Granés le dedicó las siguientes letrillas:
“Hace música preciosa/ que se aplaude sin querer/
¡Como que ya la cantamos/ antes de escribirla
él!”
El periodista Augusto Martínez Olmedilla le
preguntó a principios de siglo cuál era su obra
preferida y él contestó sin dudar que La gran
vía. Al preguntarle por el libreto al que con más
placer había puesto música no dudó
tampoco en responder que a los de su amigo Ramos Carrión.
Éste dijo del maestro: “Música del
pueblo/ de la que se pega/ que se aprende pronto/ y nunca se olvida./
¡Música de Chueca!”.
La etapa más prolífica de
nuestro compositor fue, sin duda, la correspondiente a los
últimos veinte años del siglo XIX: en ella
escribió Cádiz, La gran vía (1886), El
año pasado por agua (1889), La caza del oso, El tendero de
comestibles (1891), todas ellas al alimón con
Joaquín Valverde; además de en solitario: Los
descamisados (1893), Las zapatillas (1895), El coche de correos (1896),
Agua, azucarillos y aguardiente (1897) y Los arrastraos (1899); a las
que hay que añadir de El mantón de Manila (1898),
en colaboración con Manuel Fernández Caballero.
En cierta ocasión el maestro Barbieri
le pidió a Chueca que dirigiera un estreno suyo, a lo que
Don Federico se prestó gustosamente; fue con la obra De
Getafe al paraíso. Con la obra De Madrid a París,
estrenada en 1889, terminaría la larga
colaboración del maestro Valverde con Chueca. La
colaboración había comenzado con la primera obra
de éste último, El sobrino del difunto.
Al finalizar esta colaboración, el
maestro siguió necesitando que le instrumentaran sus obras,
algo que no le resultó difícil dado el prestigio
adquirido y su fama tan popular. De hecho, se sabe que Arturo Saco del
Valle y hasta Manuel de Falla fueron algunos de sus colaboradores a
este respecto.
Cuando Chueca necesitaba una palabra que encajara
en las muchas letrillas de sus melodías -ya que a disgusto
de sus libretistas el propio músico escribía con
relativa frecuencia algunas letrillas de sus cantabile-, no dudaba en
inventárselas, como “enseguí”
y “langosti”, del dúo de los paraguas de
El año pasado por agua, o “ay-gili”,
traducción chispera de la palabra inglesa “high
life”, alta sociedad, perteneciente a la canción
del Elíseo madrileño de La gran vía
Genio y figura
Don Federico Chueca fue un compositor de gran
ingenio, dotado de un finísimo oído musical y una
prodigiosa intuición para el pentagrama. Gran autodidacta,
intentó en vano someterse al método
académico y a su disciplina; su maravillosa
inspiración, su capacidad improvisador, así como
su carácter bohemio, se lo impidieron.
Corría el año 1846 cuando en
la Torre de los Lujanes, en pleno corazón de Madrid y frente
al edificio del antiguo ayuntamiento, nació el 5 de mayo
Federico Chueca Robles. Al pequeño le pusieron los nombres
de Pío Estanislao Federico y desde muy niño se
sintió atraído por la música. A la
edad de ocho años su padre lo matriculó en el
conservatorio. El padre era conserje de este edificio de la Torre de
los Lujanes, protegido por el Estado dando su carácter
histórico. En él estuvo prisionero el rey
francés Francisco I, derrotado en la batalla de
Pavía por Carlos I.
Ya en el conservatorio llamaba la
atención, como se refleja en una gacetilla del Diario de
Madrid, con motivo de unos exámenes finales. El 7 de mayo de
1855 se leía lo siguiente “Entre otros alumnos, ha
llamado la atención un hermoso niño llamado
Federico Chueca que, con tan sólo nueve años,
maravilló a todos con su aplomo y soltura en la
interpretación al piano de piezas bastante
difíciles. Tanto maestros como público
prorrumpieron en calurosos aplausos”.
A los diez años estudia solfeo, piano y
armonía en un colegio especial de La Granja, en
régimen interno, adonde le llevó un amigo de la
familia. Sin embargo, al pequeño Chueca no le gustaba
demasiado la férrea disciplina del centro y, aprovechando el
pasado de una caravana de arrieros hacia Madrid, se esconde en ella y
llega a la capital.
Los padres decidieron que, independientemente de
su estudios musicales, estudiase bachiller, obteniendo su
título a los 16 años. Un año
más tarde se matricula en la Universidad de San Carlos,
Atocha, para estudiar medicina.
En 1865, cuando Chueca tenía 19
años, el gobierno autoritario del General Narváez
introdujo modificaciones en la enseñanza universitaria. Los
estudiantes de Medicina vieron peligrar su futuro y se lanzaron a la
calle en algarada y estudiantil manifestación, que pronto se
convirtió en una revuelta política favorecida por
el enrarecido clima político, con guerra en
África y diferentes gabinetes ministeriales a cual
más nefasto.
O’Donnell reprimió con dureza
la revuelta en la célebre noche de San Daniel, el 10 de
abril de ese año. Hubo muchos detenidos y entre ellos se
encontraba Chueca.
Internado en la cárcel del Saladero,
para no aburrirse, dada su maravillosa imaginación,
inspiración e intuición musical, compuso sobre
las teclas de un piano dibujadas por él mismo sobre una
larga mesa una serie de valses a los que llamó Lamentos de
un preso.
Cuando salió de la cárcel ya
nada era igual; fue abandonando los estudios de Medicina poco a poco y
definitivamente cuando su padre murió de cólera,
en 1867.
Mientras hacía como que estudiaba
Medicina, Chueca se ganaba la vida tocando en diferentes
cafés, como el Trijueque y el Zaragoza, donde
llegó a ganar un madeo, un café con tostada y los
domingos, la cena.
Con veintidós años Chueca se
instala en el Café Vapor, donde deleitaba a la clientela con
sus maravillosas improvisaciones.
Del Café Vapor pasó al
Variedades, situado frente al teatro del mismo nombre. Aquí
acompañaba a María Montes, una cantaora muy
famosa de la época, y más tarde pasó
al Numancia, donde daba tres conciertos diarios por tres pesetas.
En 1874 simultaneaba su arte por varios locales en
los que ya era conocido y muy disputado por sus dueños y el
público en general.
Con este bagaje, el joven Chueca se presenta al
maestro de maestros, el compositor Barbieri, que quedó tan
impresionado por su simpatía y vitalidad que le
prometió no sólo instrumentar su serie de
Lamentos de un preso, sino llegado el caso, estrenarlos.
Nació una sincera y admirada amistad entre los dos, que le
valió muchísimo al maestro Chueca para el
arranque de su carrera musical.
El maestro Barbieri dijo en referencia a Chueca
que era su único heredero musical.