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Federico Chopin: Poeta del piano
Por José Prieto Marugán


El personaje de Chopin resulta muy curioso porque su forma de ser y de presentarse a los demás no coincide con las tópicas características del artista romántico. Federico es exquisito: todo lo que sea desorden, extremismo y vulgaridad le repugna y en todos los órdenes de su vida -desde su aseo personal, hasta la decoración de su casa y los detalles más simples- se presenta como persona reflexiva y serena. En su trabajo era concienzudo y exigente hasta límites extremos; más que inspiración, su obra se debe a la elaboración. Educado, cortés y elegante en los modales, poseía una enorme capacidad de autocontrol y era un perfeccionista.

Su patriotismo era más íntimo que activo. Nunca se involucró en algaradas, manifestaciones o movimiento violento alguno, porque no se sentía integrado entre la masa, aunque considerara justificadas las protestas de sus compatriotas. No parece muy claro por qué Chopin no intervino directamente en la lucha contra los rusos pese a que su circulo de amigos era de lo más patriota. Se han esgrimido distintos argumentos que no quedan suficientemente claros. Hay quien sostiene, por ejemplo, que Chopin fue convencido de que dejara Varsovia porque desde fuera, con su música, podría hacer mejor servicio a la causa patriótica. Quizá con el tiempo, pero en aquellos momentos, un par de conciertos y media docena de mazurcas poco podían hacer -desde París- contra la bota militar rusa.

También se ha especulado mucho con su enfermedad. Este presentarnos al músico desarraigado, casi sin patria, y además enfermo, encaja muy bien con la idea del artista romántico, idea que ha llegado hasta nosotros gracias a frases como la de Berlioz ("Chopin se estuvo muriendo toda su vida") y otras opiniones por el estilo. Esta visión hay que limpiarla de toda la hojarasca romanticoide. Leyendo cualquier biografía seria del músico es fácil darse cuenta de que Chopin era un hombre de amplia vida social y que trabajaba muchísimo. No encaja mucho esta idea del enfermo con la actividad que llevaba a cabo.

El mundo de las relaciones con el sexo femenino le será vedado. Nombres como Constanza Gladkowska, Delfina Potocka y María Wodzinska figuran en su biografía como destinatarias de un amor no correspondido. Capítulo aparte merece su relación con Aurore Dupint, baronesa de Dudevant, más conocida por la posteridad como George Sand. Esta mujer, controvertida y criticada en su tiempo tanto por sus ideas como por su comportamiento, fue para Chopin una amiga al principio, una madre en muchos momentos, y una enfermera en muchos otros. También merece la pena citar a Jane Sterling, una escocesa enamorada de la música de Chopin hasta extremos increíbles que la llevaron primero a ayudarle económicamente, de manera anónima, y después a tenerle como un verdadero huésped regio en su castillo de Escocia. Pero Chopin no correspondía a este cariño, e incluso, no soportaba demasiado bien los constantes detalles y preocupaciones de su admiradora isleña. Para Chopin, el amor no fue sino una fuente de sinsabores.

Esto último fue una constante en la vida del compositor polaco. Alejado de los suyos, pocas veces llegó a sentir la felicidad. Y la tisis que lo hizo sufrir enormemente y que lo llevó a la tumba a los 39 años, se encargó, además, de añadir el sufrimiento físico al sufrimiento moral que nunca le dejó desde que a los veinte años dijera adiós a su Polonia natal. A su muerte y según sus propios deseos, su corazón fue trasladado a Varsovia. Su cuerpo quedó en París. Pero nadie sabe qué fue de aquella cajita de plata en la que guardaba un puñado de tierra polaca y que llevó siempre consigo.

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