En unos momentos como los actuales, de verdadera crisis en el mundo de la lírica, donde ya no existen voces como las de antaño y donde la publicidad y el marketing priman sobre la auténtica calidad, y se elaboran listas, con dudoso criterio, sobre los consideradas mejores tenores del Siglo XX, conviene recordar a dos auténticos fenómenos vocales: Enrico Caruso y su gran epígono Jussi Björling, cuyas extraordinarias carreras –en conjunto- cubren los últimos años del Siglo XIX y, prácticamente, los primeros sesenta años del pasado siglo.
La historia que relaciona a ambos cantantes comienza en Nueva York, en febrero de 1920, donde acudía a la gran ciudad norteamericana un cuarteto vocal, formado por el tenor sueco David Björling (afamado cantante, que había actuado en el Metropolitan neoyorquino a fines del Siglo XIX) y sus tres hijos, los niños Jussi, Gösta y Olle. Este cuarteto vocal venía precedido de gran fama por sus actuaciones en Suecia y en diferentes ciudades europeas. En esos momentos triunfaba en el Met como un verdadero ídolo Enrico Caruso, quien afrontaba su último año artístico en el teatro neoyorquino, donde venía actuando desde 1903. Año y medio después, en agosto de 1921, moría en su Nápoles natal con sólo 48 años, naciendo desde entonces una leyenda de la lírica. Ya de vuelta a Suecia, Björling prosiguió sus estudios de canto teniendo como profesores a John Forsell, al director de orquesta Nils Grevillius y a Tullio Voghera, quien curiosamente había sido el maestro de canto de Caruso durante sus triunfales años en el Metropolitan. Voghera había marchado a Suecia después de la muerte de Caruso y ejercía como profesor en el Conservatorio de Estocolmo, donde tuvo como alumno al joven Björling. Por tanto, parece que el destino iba irremisiblemente a emparentar las voces de Caruso y Björling.
El mito de Caruso
Desde su muerte, la voz de Enrico Caruso está en el recuerdo de varias generaciones de aficionados, habiéndose convertido en un auténtico mito. En estos casi noventa años transcurridos, las voces spintas de cierto calibre -lamentablemente, casi desaparecidas en la actualidad- han intentado emularle en lo que Lauri Volpi denominó “los epígonos carusianos”. Solamente Björling es parangonable con Caruso, por parecido tímbrico de corte baritonal y luminosa voz mediterránea, verdadera paradoja para un cantante nacido en la gélida tierra sueca. La propia Dorothy Benjamin, viuda de Caruso, afirmaba “Jussi Bjórling es quien tiene la voz más parecida a la de mi marido”. Merece la pena volver a citar las opiniones de Lauri Volpi, quien afirmaba: “déjese a Caruso en su gloria solitaria, que sobre los demás ‘vuela como águila’, constituyendo un caso irrepetible en la ‘ornitología’ canora”.
Enrico Caruso nació en Nápoles el 25 de enero de 1873, en el seno de una humilde familia. Comenzó de niño a cantar en la iglesia; a los diez años fue admitido como aprendiz en un taller mecánico y a los quince años actúa como cantante callejero y en algún balneario. En 1891 comienza a estudiar canto con Guglielmo Vergine. Pasado su servicio militar, se produjo su debut oficial en el Teatro Nuevo de Nápoles, en la primera representación de Amico Francesco de Francesco Morelli el 16 de noviembre de 1894. Las características vocales de Caruso en aquellas fechas eran una cierta ambigüedad tímbrica entre tenor y barítono, unida a un corto registro agudo, ya problemático en la emisión del si bemol. En la primavera de 1897 actuó en pequeños teatros de provincia, cantando Fausto, Rigoletto y Cavallería rusticana. En mayo de aquel mismo año Caruso fue contratado por el teatro Massimo de Palermo donde consiguió un gran éxito cantado Enzo de La Gioconda y también en Livorno con los roles de Alfredo en La Traviata y Rodolfo de La Bohème;, ese mismo año conoce a la soprano Ada Giachetti, con la que se unirá sentimentalmente teniendo con ella dos hijos. Ya en el otoño de aquel 1897 debuta en el Teatro Lírico de Milán, mostrando su predilección por los roles veristas como el Vito en la ópera de Umberto Giordano El Voto. También interviene en el estreno absoluto de La Arlesiana de Francesco Cilea, interpretando el rol de Federico y popularizando su famoso “lamento” que llegaría a convertirse en una de sus arias favoritas y la de otros cantantes futuros. Seguidamente, y en ese mismo teatro milanés, Caruso cantará por primera vez uno de los roles que le darán más justa fama: Canio de Pagliacci. Su carrera internacional se inicia en el Teatro Mariinski de san Petersburgo, durante la temporada 1898-99, donde cantará Cavalleria, Bohème y Pagliacci; también en esa misma temporada se producirá su debut en el Teatro Colón de Buenos Aires, donde interpretará Iris de Mascagni, Fedora de Giordano, cantando el personaje de Loris Ipanov, que había interpretado un año antes, en el estreno milanés de esta ópera. También en Buenos Aires interpretó Traviata, Gioconda y Cavalleria. En su vuelta a San Petersburgo, la temporada siguiente, añadió a su repertorio dos nuevos roles: Riccardo de Un ballo in maschera y Radamés de Aida. En el otoño de 1902 participó en el estreno de Adriana Lecouvreur de Francesco Cilea, en el Teatro Lírico de Milán, cantando el rol de Mauricio de Sajonia. También ese mismo año había debutado en el Covent Garden londinense, cantando óperas diversas como Rigoletto, Aida, Bohème, L’elisir d’amore, Lucia di Lammermoor y Cavalleria, deleitando al público londinense, al que mostraba su absoluta versatilidad en variopintos roles y diferentes estilos. Después de un poco afortunado debut en 1903 en el Liceo barcelones, cantando Rigoletto, Caruso se dispone a dar el gran salto de su carrera: su debut en el Metropolitan neoyorquino.
Caruso: el rey del Metropolitan
Su debut en el Met tuvo sus dificultades y reticencias ya que en ese teatro reinaba desde hacía bastantes años el elegante y refinado tenor polaco Jean de Retszke. Caruso tuvo el incondicional apoyo del dirigente máximo del Met, Giulio Gatti-Casazza, y su debut se produjo el 3 de noviembre de 1903, cantando el Duque de Mantua de Rigoletto, con un triunfo absoluto, siendo aplaudido con entusiasmo por el propio Jean de Retszke. Aquello supuso para el tenor napolitano su mayor triunfo profesional y el comienzo de una larga y casi exclusiva colaboración con este teatro hasta finales de 1920. Ya en pleno triunfo norteamericano, en 1908 (el mismo año de su ruptura con Ada Giachetti), fue intervenido en una operación para extirparle unos pólipos en la garganta. A partir de entonces la voz se oscurece, gana en homogeneidad y el registro agudo se expande hacia un si natural, poderoso, brillante y pleno de squillo. Ello puede constatarse comparando sus grabaciones discográficas del período 1902 a 1907, con las realizadas después de la mencionada operación y, sobre todo en las grabaciones del período entre 1910 y 1920, donde puede observarse un gran dominio técnico, posiblemente debido a las clases que recibió de Tullio Voghera. El 10 de diciembre de 1910 se produce otro gran acontecimiento en la vida de Caruso: su interpretación de Dick Johnson en el estreno absoluto de La fanciulla del West de Giacomo Puccini, con dirección musical de Arturo Toscanini. El éxito fue apoteósico, ya que Caruso tuvo que saludar al público hasta 55 veces después de terminada la función. Durante sus últimos diez años de carrera a su ya amplio repertorio, con más de cincuenta óperas, añade nuevos títulos como Sansón y Dalila en 1916, y, ya en 1918, El Profeta, L’Amore dei Tre Re y, sobre todo, el Don Alvaro de la verdiana Forza del destino, que supuso el debut escénico de otro gran fenómeno vocal descubierto por Caruso: Rosa Ponselle, interpretando a Leonora de Vargas. El último rol incorporado por el gran tenor napolitano fue el Eleazar de La Juive en 1919. El año anterior había contraído matrimonio con la norteamericana Dorothy Benjamin, perteneciente a la más alta burguesía neoyorquina, con la absoluta reticencia de su padre, uno de los máximos protectores financieros del Metropolitan. Tuvieron una hija en 1919. En diciembre de 1920 en el Met, durante una representación de Pagliacci, Caruso sufrió un fuerte dolor en el costado, aunque logró terminar la función. El 11 de diciembre sufrió una primera hemotipsis cantando L’elisir d’amore. Aunque su estado de salud era precario, siguió durante ese mismo mes acudiendo a sus compromisos previamente adquiridos: Sansón, Forza del destino, Elisir y La Juive (su última interpretación). Su estado empeoró rápidamente y tras una intervención quirúrgica, donde mejoró sensiblemente, retornó con su familia a Nápoles, donde parecía restablecerse. Sin embargo, en julio de 1921 su estado empeoró gravemente y fue llevado a Roma donde murió el 2 de agosto de 1921. El funeral en Nápoles fue multitudinario y en él cantó el Panis Angelicus de Cesar Frank su gran rival napolitano el tenor Fernando de Lucia. También acudió al funeral otra gran voz tenoril del Siglo XX: el francés Georges Thill, quien entonces era alumno de Fernando de Lucia.
La aportación de Caruso al mundo lírico resulta trascendental, ya que crea la modernidad en el canto, en contraposición a voces como Anselmi, Viñas, Tamagno o de su gran rival napolitano, Fernando de Lucia, representantes de la vieja escuela, con unas maneras canoras y expresivas pertenecientes al pasado. También es el primer cantante que visita con gran asiduidad los estudios de grabación, con una ingente cantidad de discos (actualmente reeditados con sonido sensiblemente mejorado por el sello NAXOS) que permiten, durante los primeros veinte años del Siglo XX, divulgar por todo el mundo las arias de ópera y un inmenso legado de canciones napolitanas. Probablemente nadie ha interpretado como Caruso canciones –por poner algunos ejemplos- como O sole mio, Canta pe’mme, Addio a Napoli, Santa Lucia, Mattinata o esas dos autenticas maravillas de Paolo Tosti: Ideale y L’alba separa dalla luce l’ombra, también interpretadas de un modo extraordinario por el sueco Jussi Björling.
Jussi Björling, el gran epígono carusiano
Hace ya casi treinta años, siendo estudiante de ingeniería, me dio clase un profesor, Jose Francisco Bebiá, que, aparte de ser ingeniero de caminos, es un buen tenor y gran conocedor de las voces tenoriles preservadas por el disco. Él fue quien me descubrió a Jussi Björling, prestándome una versión de La Bohème grabada por EMI en 1956 dirigida por Sir Thomas Beecham y una Madama Butterfly, grabada por EMI en 1959, con dirección de Gabrielle Santini, ambas con nuestra Victoria de los Ángeles. Pocas veces han empastado tan bien las voces de tenor y soprano, como en el caso de De los Angeles y Björling. Pues bien, estas grabaciones me descubrieron esta extraordinaria voz. Era la época en que se estaba produciendo el cambio de vinilo a CD. Ello posibilitó la reedición de gran cantidad de grabaciones de Björling, que yo compraba con verdadera avidez. Jose Francisco Bebiá, mi mentor operístico –aún no había conocido a Arturo Reverter- me comentaba: “al escuchar a Björling creo estar oyendo a Caruso”.
Ya he señalado anteriormente que no está nada claro la fecha de nacimiento de Jussi Björling, ya que oficialmente se sitúa en Börlange 5 de febrero de 1911. Sin embargo, en su primera grabación discográfica como tenor (existen registros suyos anteriores, como niño-cantante), que data de 1929 canta en sueco (siguiendo la estela carusiana) Torna a Sorriento ya con una maravillosa voz, de cierto color baritonal, plena de armónicos, lo que ha propiciado el comentario de muchos especialistas, que han llegado a decir: “cada nota emitida por Björling contiene el doble de armónicos que cualquiera de sus colegas”. Es evidente que esa voz del tenor sueco en 1929, por homogeneidad y técnica de emisión, difícilmente podría estar asociada a un joven de dieciocho años. Personalmente, me inclino a pensar que su verdadera fecha de nacimiento puede situarse el 5 de febrero de 1908. ¿Por qué esa fecha oficial de 1911? Posiblemente para emparentarle –casi completamente- con la trayectoria artística y vital de Caruso. Björling murió en 1960 a los 49 años y Caruso en 1921 a los 48.
Sus primeros años de carrera
Completados sus estudios de canto en el Conservatorio de Estocolmo en 1930, ese mismo año firma un contrato con la Ópera Real de Estocolmo y se produce su debut el 21 de julio de 1930 en el papel comprimario del linternero de la pucciniana Manon Lescaut. Poco tiempo después, el 20 de agosto, ya debuta en un papel importante, el Don Ottavio de Don Giovanni, para, ya el 27 de diciembre de aquel mismo año, afrontar uno de los roles más complicados de todo el repertorio tenoril: Arnold de Guillermo Tell de Rossini. El público que pudiera escucharle en esa ópera se encontraba con un tenor que, a lo sumo tenía 22 años, de voz aterciopelada, precioso timbre, con logrados efectos de sfumature, un amplísimo y bien urdido registro, que abarcaba desde el do2 al do4 sostenido que, posteriormente, y gracias a los consejos de uno de sus maestros, John Forsell, ampliaría al re bemol. Entre 1930 y 1935 irá añadiendo nuevos roles a su repertorio, siempre cantados en sueco: Almaviva de El Barbero de Sevilla, Walter de Tannhäuser, el Duque de Rigoletto, Alfredo de Traviata, Romeo y Fausto de las óperas homónimas de Charles Gounod, Rodolfo de La Bohéme, Cavaradossi de Tosca, Dick Johnson de La Fanciulla del West, Turiddu de Cavalleria Rusticana, Tamino de La flauta mágica, Belmonte de El rapto en el serrallo, Riccardo de Un ballo in maschera y Manrico de Il Trovatore. Entre 1931 y 1933 alterna sus actividades operísticas con las de vocalista de música ligera con el pseudónimo de Eric Odde. Estas actuaciones en club nocturnos de Estocolmo están recogidas en el volumen nº 6 de la colección que NAXOS –como en el caso de Caruso- está editando en la actualidad dedicada a Björling.
En octubre de 1935 hará su primera gran presentación fuera de Suecia debutando como Radamés de Aida en la Ópera de Viena, junto a la Aida de Gina Cigna, dirigidos por Victor de Sabata. Aquel triunfo vienés lanza su carrera internacional. Ese mismo año contraerá matrimonio con Anna-Lisa Berg, con quien tendrá tres hijos. En 1937 volverá a Viena para cantar Canio de Pagliacci (existen fragmentos grabados de aquellas representaciones) y ese mismo año debutará en la Ópera de Chicago cantando el Duque de Rigoletto. El 24 de noviembre de 1938 se produce su debut en el Metropolitan cantando Rodolfo de La Bohème y, pocos días después, Manrico de Il Trovatore. Björling embelesa al público neoyorquino, que ve en él un nuevo Caruso. Ya en 1939 debuta en el londinense Covent Garden, cantando Manrico de Il Trovatore (tomado íntegramente en directo y comercializado en CD); en una de las funciones Beniamino Gigli fue a visitarle y le dio un abrazo. Björling ha sido de los poquísimos tenores que han cantado esta ópera mostrando las facetas lírica, heroica y dramática de este personaje. A su delicada y preciosista interpretación del aria “Ah si ben mio” sigue una extraordinaria interpretación de la cabaletta “De quella pira”, emitiendo perfectamente sus difíciles notas picadas-ligadas y emitiendo unos monumentales do4 .
Su década prodigiosa
En el período entre 1940 a 1950 las actuaciones de Jussi Björling en el Metropolitan, Ópera de Chicago, Ópera de San Francisco, en el Teatro alla Scala y sus regulares visitas a Suecia para cantar en la Ópera Real de Estocolmo son acontecimientos líricos de primera magnitud. Björling se convierte en el tenor mejor pagado del mundo.
De ese período existen una serie de grabaciones de óperas completas tomadas en vivo en el Metropolitan, que dan idea de la calidad de esta voz en diferentes repertorios. En 1940 tiene lugar la producción de Un ballo in maschera en la versión donde Björling interpreta al rey Gustaf III de Suecia. En 1941 interpreta un Il Trovatore donde aún está mejor que en el Covent Garden. El paréntesis de la guerra mundial le aleja de Americam donde vuelve triunfalmente para la reapertura del Metm en 1945, con un exitoso Rigoletto tomado en directo en diciembre de aquel año, donde Björling compartía reparto con el barítono Leonard Warren y la soprano Bidu Sayao, quienes serán sus compañeros habituales durante los años siguientes. Un acontecimiento de gran magnitud es su interpretación de Romeo en Romeo y Julieta de Gounod, acontecida en febrero de 1947, donde puede escucharse al tenor sueco en todo su esplendor vocal, metido de lleno en el estilo operístico francés. Ya en diciembre de 1948 puede escucharse su extraordinaria creación de Rodolfo de la Bohème, junto a la Mimi de Bidu Sayao. En diciembre de 1949 añade un nuevo rol a su repertorio: el Des Grieux de la pucciniana Manon Lescaut, papel que llega a convertirse en una de sus más famosas creaciones, donde la voz parte del lirismo del Acto I, para adquirir imponentes dimensiones dramáticas en los Actos III y IV. En enero de 1950 se le puede escuchar en otra de sus grandes creaciones francesas: el Fausto de la ópera homónima de Charles Gounod. Ya en diciembre de 1950, podemos oírle en un nuevo rol: el verdiano Don Carlo. Todas estas grabaciones son de audición obligada para escuchar la voz de Björling en su época dorada.
Sus últimos años
La carrera de Jussi Björling entre 1951 y 1960, año de su muerte, sigue siendo de gran brillantez, con la voz más grande y spinta. Pero algo ensombrece estos años: su creciente afición a la bebida, que va minando su salud y su ánimo. Ello sin embargo no afecta a la voz, ya que de ese período son una serie de grabaciones realizadas en estudio por RCA, EMI y DECCA, algunas de ellas consideradas como auténticas referencias y me refiero a Il Trovatore de 1952; Pagliacci con Victoria de los Ángeles en 1953; una antológica Aida de 1955; Cavalleria Rusticana con Renata Tebaldi y Tosca, ambas de 1957. Además están las ya mencionadas Bohéme y Butterfly y un magnífico Calaf de Turandot en 1959, con Birgit Nilsson y Renata Tebaldi, dirigidos por Erk Leindorf. Entre sus grandes triunfos de estos años cabe señalar unas funciones de Il Trovatore en Chicago en 1955, donde compartía reparto con Maria Callas. También tienen lugar otras representaciones en esa misma ciudad, en 1957, de Manon Lescaut, donde compartía reparto con Renata Tebaldi. Desde 1958 nuestro tenor sufre problemas cardíacos que se agravan en los años siguientes. Sin embargo, Björling prosigue su actividad operística y de conciertos, ya que fue un reputado liederista, que dio muchos recitales con acompañamiento de piano, por todo el mundo. En 1960, durante una representación de La Bohéme en el Covent Garden, sufrió un infarto. En junio de 1960 completa en Viena su última grabación discográfica del Réquiem de Verdi y en agosto da su último recital en Göteborg. Jussi Björling muere a causa de un infarto en su casa de veraneo en Siarö, el 9 de septiembre de 1960. De él dijo su compañera en tantas representaciones, Victoria de los Ángeles: “la voz de Björling preservada por el disco, aún siendo de gran belleza, no tiene comparación con haberla escuchado en directo”.