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Las cantatas religiosas de Bach: El hombre ante la vida y hacia Dios
Por Marco Antonio Molín Ruiz


El gozo
El "Jesu, deine Gnadenblicke", perteneciente a la BWV 11, es una atmósfera de vida contemplativa, que propician los tonos agudos de la soprano, el timbre plácido de la flauta travesera y una escritura con muchas notas tenidas. Tema muy pegadizo el del segundo número de la 68, donde se resalta la alegría que el hombre pide a sus adentros: "¡Corazón mío rebosante de fe, brinca, canta, retoza, que tu Jesús está aquí!". Otro ejemplo, el "Johannis freudenvolles Springen", de la 121: tonos medios en la cuerda, lo que permite un lucimiento del registro que muchas veces se queda en sombras. He aquí la satisfacción íntima del hombre por su fe, mediante pasajes breves que se distribuyen a modo de estratos según la técnica del contrapunto imitativo, una metáfora de como si el gozo del hombre se escuchare en sus entrañas, más profundamente. En el primer movimiento de la 139 la inocencia inherente al oboe de amor sirve a las mil maravillas para describir lo que dice el texto: "¡Dichoso aquél que se entrega a Dios con la pureza de un niño!". La música es un candor melifluo (en su exactitud semántica) que discurre con impulso natural asombroso. En "Vergnügte Ruh, beliebte Seelenlust", comienzo de la cantata homónima BWV 170, hay un clima de placidez inconmensurable, la que espera el alma ensoñándose. El oboe de amor, fundido a la cuerda frotada, constituye una textura paradisiaca. Otro ejemplo es el quinto número de la 180, donde la flauta travesera y los oboes dan luminosidad a las palabras: "Sol de la vida, luz de la conciencia, Dios, lo eres todo para mí". Preciosa la escritura que Bach asigna a los instrumentos antedichos, que se intercalan alternativamente a las frases del cantante. En "Wie freudig ist mein Herz", de la 199, comienza el oboe con una frase corta a modo de proclamación, la de la inmensa alegría del hombre, que acaba de liberar su culpa mediante el sacrificio. Trinos sobre la palabra "freudig" (gozoso), clase de ornamentación ésta que se aplica a la obra. Tres secciones en el canto de la soprano: una, la de la proclamación; otra, briosa y la otra, menos desatada.

El sufrimiento
Las cantatas BWV 12, 13, 21 y 58 desarrollan con amplitud este tema:

Tristeza hondísima la de la primera: en el número inicial, un oboe, bañado en pena, secundado por la cuerda, que responde con un motivo breve de cinco notas como haciéndose eco del sufrimiento que emana del oboe. A continuación el dolor mismo, visto como la cruz, que a cada paso a cuestas con ella la carga y el debilitamiento es mayor. En el tercer número, el canto intenso de la contralto, que recuerda el sentido del sufrimiento. Y para los números que quedan, respectivamente: melancolía en presagio de salvación ulterior, lealtad a Cristo, consuelo al saber lo pasajero y determinante de todo mal y alabanza a Dios en un tono que despeja el tormento pasado.

Mucha obscuridad en la segunda: un llanto verdaderamente desolador, acentuado por dos flautas dulce (para expresar la muerte) y un oboe de caza (desasosiego ante aquélla) abre la misma; le sucede un movimiento donde se siente la soledad: el hombre sin "exaudio" divino. En el tercer número un coral sereno canta resignadamente la inevitable cesación vital, ambiente que da paso a un clima donde todo se hace insensible por el sufrimiento tan grande y continuo, con noches de insomnio en que no se deja de pensar en el monstruoso abismo de la nada. Después, gemidos y sollozos expuestos en escalas descendentes y asignadas a un bajo, al que acompañan en unísono tétrico las dos flautas dulce y un violín. Finalmente, el sexto número viene a romper, con un coral, el ambiente tenebroso: "Reencuéntrate, alma mía, y no tengas fe nada más que en aquél que te creó".

Respecto a la tercera, dos partes:
a) Pesadumbre y asolamiento en general y aires sollozantes en particular.
b) Reencuentro del alma y Jesús, un diálogo que se culmina en la glorificación.

En el primer movimiento un diálogo muy logrado entre la cuerda y el oboe acerca del sufrimiento, pulso vivo en expresión de abatimiento para el número siguiente. A continuación, la angustia, que enflaquece. En el cuarto, reproche a Dios por olvidarse de sus hijos cuando más lo necesitan. Un río de lágrimas que encabeza el canto sollozante del tenor en el quinto movimiento. Y para concluir la primera parte, la consciencia del alma de no tener que afligirse de nada.

Expresados en la segunda parte: promesa de Jesús, encaminamiento recíproco de Jesús y el alma, alivio por sentirse otra vez juntos, alegría donde se dice al alma que cambie sus tormentos en vino puro y glorificación.

Y en la BWV 58 es donde Bach une compactamente los modos mayor y menor para ilustrar el diálogo íntimo entre el hombre y su conciencia: el dolor y la esperanza de salvación en bloque hasta el final, donde ésta termina imponiéndose.

Movimientos sueltos
El primer número de la 55: cinco notas que expresan angustia articulan un movimiento en el que un tenor lamenta la miserable condición de pecador y, al mismo tiempo, se maldice reprochándose "Soy injusto; eres justo, Señor".

Dolor purificante el del "Ich will leiden; ich will schwigen", de la 87, un dolor asumido en toda su raíz para la salvación; modos mayor y menor pugnando (sufrimiento presente y gloria futura).

Otra muestra, el primer número de la BWV 138: un tema sinuoso por la cuerda y por el coro, con frases emergentes del oboe a la manera de estremecimiento, que plasman la aflicción del alma. Intercalado, un episodio para la contralto, que sufre en soledad la miseria humana, tanto que la lleva a desear vivamente la muerte. Ahí retorna el coro, que devuelve la esperanza al cristiano.

Un dolor anclado en los huesos se escucha en "Mein Gott, wie lang; ach, lange..." de la 155: canta la soprano, desesperándose de la vida, de la cual no llega a ver un sentido.

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