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Las cantatas religiosas de Bach: El hombre ante la vida y hacia Dios
Por Marco Antonio Molín Ruiz
Se analizan aquí los aspectos más interesantes de las cantatas sacras del compositor Johann Sebastian Bach, una obra monumental que refleja la visión trascendente de un hombre músico que, sensible y consciente, expresa las inquietudes del alma.
Fiel a la tradición, Bach se dirige al hombre, concebido en y desde su raíz, para hablarle con la naturalidad desbordante de un genio. Su lenguaje es tan fluido y lleva una voz tan propia que a la escucha se piensa en aquello que es intrínsecamente, en su irreductible quintaesencia. A ese respecto Goethe decía que la música del compositor viene a ser como un soliloquio profundo de la esencia humana, o sea: una voz que nace en los genes y que se revierte en la Naturaleza.
Sus cantatas religiosas testimonian que el reencuentro consigo mismo, otra parte de sí, significa precisamente hallar a Dios, el grado sublime donde por fin se asimila con la razón y la pasión el sentido de la vida, cuya larga andadura arranca en la idea fatalista de la desaparición en la nada y se culmina con el triunfante sosiego del alma, que vive ya en la luz.
Tanto el compromiso como la necesidad instigan a Johann Sebastian a describir con dicha música un sentimiento universal que rompe, con evidencia, marcos y fronteras. Compromiso, en lo tocante al fortalecimiento de vínculos cristianos para el bien de la Iglesia; y necesidad, respecto a la aspiración más noble de todo ser, que no deja de buscar y preguntarse.
En dos bloques se puede dividir el repertorio:
a) Narrativo
b) Expresivo.
Al primero pertenecen las cantatas cuyos textos provienen en su mayoría de la Biblia. Y al otro corresponden aquéllas donde un poeta es el que aporta la letra, u original o inspirada en las Escrituras: dentro de las cuales hay que distinguir:
a) Individualistas (el hombre, a solas, frecuentemente atormentado)
b) Colectivistas (la Iglesia, que a menudo festeja a Dios con palabras laudatorias)
No deja de maravillar como el Cantor de Leipzig asocia instrumentos con ideas y sensaciones: para la angustia o el deseo, el oboe; para la pérdida de fe o la muerte, la flauta dulce; para la resurrección, la trompeta; para la gloria, la flauta travesera. Esto prueba el instinto y la imaginación auditivos de Bach.
Abórdense, pues, los aspectos más interesantes de sus cantatas sacras.
El miedo
En tres acepciones se describe el mismo:
a) Pavor.
b) Conmoción.
c) Respeto.
Para la primera connotación: el quinto número de la cantata BWV 87, un discurso tenebroso que se plasma en una escritura en grado cromático descendente que simula algo así como un gemido espectral, por el canto del bajo y el acompañamiento de cuerda grave. Otro ejemplo el "Beim Warten ist Gefahr" de la BWV 102, sollozos en un motivo breve de tres notas para dos oboes, a los que se une la contralto, que narra el pavor teñido de incertidumbre ante el juicio final, hecho por el que se dice al alma que abandone su obcecación previniéndose para el momento. Y el tercer número de la 124, donde un oboe (con atormentamiento y obsesión), un tenor (que imita sus frases) y una cuerda frotada (con cuatro notas secas que sirven para expresar el temblor constante) ponen en pie una atmósfera en la que el cristiano no pierde su fe a pesar de la idea de la muerte, que ronda por su cabeza, y que llega, a menudo, a debilitarlo.
En lo que respecta a la segunda: cantata BWV 60 "¡Eternidad, palabra atronadora!". El primer movimiento tiene un sabor agridulce de miedo y esperanza conjuntados tan genialmente que no se pueden separar: unas notas breves a modo de estremecimiento y otras en secuencias envolventes que crean una textura de lucha interior. Le sigue un o diálogo o soliloquio contrastado: el miedo, con un discurso rebosante de nerviosismo y congoja; la fe, con entereza. Después, en el tercer número, un oboe de amor en figuras con puntillo para la angustia y un violín con frases ascendentes que hacen pensar en que la misma muerte estuviere ya rondando. Se intensifica ese clima con las palabras "La tumba me horroriza". Ya en el cuarto movimiento el Espíritu Santo viene a traer la fe, y con ella, el miedo desaparece entre las sentenciosas palabras: "Dichoso aquél que muere en el Señor ahora y siempre", puente para la sección final: "Todos mis temores quedan tras de mí", a cargo de un coro que dice que habrá Cielo para el cristiano.
Y con el significado de respeto: el "Erschrecket, ihr, verstocken Sünden" de la 70: reprimenda a los pecadores contumaces y empecinados con toques impactantes de la cuerda frotada a la que hacia la mitad del número se agregará una trompeta que remata las palabras que canta el bajo al final: "¡Valor!". Y otra muestra notable, el quinto número de la 102: reproche que se hace al alma diciéndosele que tenga respeto por algo (el tenor y la flauta van tejiendo un discurso donde se presume aquello de una agitación evidente, reforzada en la cruda amonestación del cantante "¡Estremécete, alma engreída!").
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