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Bicentenario de Bellini
Por Carlos Ruiz Silva
Triunfos y fracasos: "La Straniera", "Zaida", "I Capuleti e i Montecchi".
El 14 de febrero de 1829, Bellini volvió a obtener un enorme éxito en la Scala con el estreno de "La Straniera", un melodrama con libreto de Romani basado en un poema dramático del vizconde de Alincourt. El texto resulta poco creíble. El rey Felipe Augusto de Francia se casa por razones de estado con una princesa de Dinamarca, pero la misma noche de bodas la abandona. El rey, enamorado de Agnese de Pomerania, intenta repudiar a su esposa para casarse con ella, pero el Papa lo amenaza con la excomunión. Agnese vive recluida en un castillo, pero la joven deja en su lugar a una doble y se retira a una casa sencilla en las orillas de un lago. Las gentes del lugar la conocen como la "straniera" y la consideran una mujer bella, misteriosa y quizás hechicera. Arturo de Ravenstel se enamora de Agnese, pero la extranjera, que se siente atraída por el joven, lo rechaza sin explicarle la verdadera razón. Después de muchas complicaciones -celos, equívocos, acusaciones de hechicería y asesinato- al final llega un mensajero anunciado la muerte de la reina. Agnese retorna a la corte y se convierte en la nueva reina de Francia. El desventurado Arturo se suicida.
Acaso los momentos más bellos de la ópera se produzcan en los pasajes más estáticos, en los que la cantinela belliniana fluye con asombrosa belleza y naturalidad y acierta a retratar psicológicamente a la protagonista con su misterio y lejanía. En este sentido, es modélica la secuencia en la que escuchamos por vez primera a la heroína -cuadro segundo del acto I- por su línea de canto exquisita, de una pureza inmaculada. Pero no todo es placidez y falta de tensión dramática en "La Straniera". Cuando la situación teatral lo requiere, Bellini es capaz de mostrar una fortaleza expresiva que anticipa a Verdi.
Tres meses más tarde, el 16 de mayo, se estrenaba en el teatro ducal de Parma "Zaira", una tragedia lírica de celos y muerte inspirada en Voltaire, con libreto de Romani, que construyó un sonado fracaso. Pero Bellini no se arredró y antes de un año ofrecía un nuevo título, "I Capuleti e i Montecchi", dado a conocer en La Fenice de Venecia el 11 de marzo de 1830 con éxito apoteósico. Un comentarista de la época nos dice que después de innumerables salidas a escena, Bellini fue escoltado hasta su residencia por una procesión de gente entusiasmada que portaba antorchas. Poco hay de Shakespeare en esta ópera. El libreto de Romani abunda en libertades de todo tipo, dejando sólo la línea del argumento, esto es, los amores de dos jóvenes pertenecientes a familias rivales que terminan trágicamente. El personaje de Romeo fue escrito para una mujer, mientras que el primer tenor hacía el personaje de Tebaldo, que es una mezcla del personaje de Shakespeare del mismo nombre y del de Paris, pretendiente a la mano de Giulietta. Entre lo más destacado figura la escena de Giulietta del acto I, en la que la delicadeza expresiva, la hermosura melódica, el contenido melancólico y la exquisitez de la línea de canto hacen de "Oh, quante volte" un modelo de aria belcantista cuya pureza sólo el propio Bellini podría superar en los años venideros.
"La Sonnambula"
En 1830, Romani asistía en París a las tumultuosas representaciones del drama de Víctor Hugo "Hernani". Impresionado por su fuerza teatral y su novedad, se puso de acuerdo con Bellini para realizar una ópera basada en el revolucionario título. Escribió el libreto y el compositor empezó inmediatamente a trabajar en la partitura que destinaba al teatro Carcano de Milán, rival de la Scala, que contaba para aquella temporada con la famosa Giuditta Pasta. Bellini, que estaba pasando el verano con Giuditta Turina en una villa a orillas del lago de Como, llegó a componer cinco números de la ópera pero, tal vez por razones políticas, la empresa fue abandonada. La mayor parte de la música escrita para "Ernani" pasaría a formar parte de "Norma". Para sustituir al fallido "Ernani", Bellini y su libretista decidieron realizar una ópera totalmente distinta, basada en un vaudeville de Eugène Scribe y Germain Delavigne titulado "La villageoise somnambule, ou Les deux fiancées" (1819), por entonces obra de gran éxito, que ya había sido llevada a la escena en forma de ballet por Louis Hérold con el título de "La Somnambule ou L'arrivée d'un nouveau seigneur" (1827).
Bellini compuso "La Sonnambula" con gran rapidez. Los primeros esbozos datan de finales de 1830 y se estrenó el 6 de marzo de 1831. Con ella alcanzaba Bellini una extraordinaria depuración de los elementos melódicos, una gran finura en la orquestación y un definitivo afianzamiento de su estilo, que aparece ahora más fluido que nunca. Pero Romani realizó un libreto carente de fuerza. En "La Sonnambula" hay una cierta blandura y un argumento pueril. Incluso los elementos picantes y de vaudeville -la joven sonámbula que puede ir de una cama a otra sin saber lo que hace- están convenientemente suavizados e incluso edulcorados. La Suiza que se nos muestra es tópica y falsa, pero aun contando con los convencionalismos, "La Sonnambula" es tan poco convincente, como tal historia, que más vale olvidarse del leve asunto y dejarse levar por la belleza de la partitura que alcanza momentos que pueden situarse entre los más bellos del melodrama italiano. Cuatro son los personajes principales de "La Sonnambula": Amina, una huérfana delicada y sensible que padece de sonambulismo; su prometido Elvino, un acomodado granjero; Lisa, la mala de la historia, enamorada de Elvino y rival de Amina y el conde Rodolfo, señor de la comarca e involuntario causante del conflicto al recibir en sus habitaciones la visita de la muchacha dormida. Todo se resuelve al final y el telón cae en medio del regocijo de todos, explicadas ya las causas de la aparente conducta frívola de Amina. La ópera aparece dominada por la protagonista de la que la Pasta hizo una gran creación. De Chopin son estas palabras: "Jamás he contemplado nada tan sublime como la Pasta haciendo "La Sonnambula". La Malibran quizá tenga una voz más maravillosa todavía, pero nadie canta como la Pasta. Es un milagro".
La obra suprema de Bellini: "Norma"
Después del triunfo de "La Sonnambula", la Scala encargó a Bellini una nueva ópera. El título elegido fue "Norma", que es no sólo la obra maestra de Bellini sino uno de los más grandes melodramas de la historia. En el verano de 1831, Romani empezaba a escribir el texto basándose en la tragedia de Alexandre Soumet "Norma", que acababa de ser estrenada el 6 de abril en el teatro Odeón de París. El drama francés establecía un conflicto personal e íntimo: el amor de dos mujeres por un mismo hombre, a lo que se añadía el dato, un tanto atrevido e incluso morboso, de hacer de las dos amantes sacerdotisas que habían hecho voto de castidad. Pero también era importante el trasfondo de la tragedia: la lucha de un pueblo contra sus opresores, en este caso la de los galos contra el invasor romano. Tal vez este aspecto atrajese a Bellini dado el clima político de la Italia de su tiempo que luchaba por conseguir su unidad y arrojar del suelo patrio a los austríacos.
Pese a la rapidez con la que Romani hizo el libreto -apenas un mes- "Norma" está escrita con habilidad y sentido teatral. Los personajes más importantes -la protagonista, Pollione y Adalgisa- están bien trazados, con unas psicologías algo más ricas en sentimientos y contradicciones de lo que es habitual en los esquemas de la ópera. El influjo de la tragedia griega es perceptible en la escena en la que Norma intenta matar a sus propios hijos, así como la inmolación final que supone una catarsis purificadora. Bellini supo aprovechar la variedad de situaciones de la tragedia de Soumet a la que Romani había sido fiel, logrando incluso algún avance dramático, como, por ejemplo, haber transformado a Oroveso, jefe de los galos, en padre de Norma, con lo cual intensifica la interdependencia entre la gran sacerdotisa y el poder político, guerrero y social, especialmente en la escena tan teatralmente conmovedora, al final de la ópera, en la que Norma pide piedad para sus inocentes hijos, fruto a la vez del pecado religioso y del realizado contra la patria, ya que fueron engendrados por el invasor romano.
Bellini hizo de Norma uno de los papeles más hermosos y completos de la historia de la ópera. Es una mujer apasionada pero sensible, dura pero frágil, hipócrita pero valiente, es decir una criatura profundamente humana a la que el músico dotó de una línea vocal que va de los exquisito a lo casi feroz, de la ternura a la cólera, de la compasión a la grandeza trágica. Necesita una voz de refinada línea belcantista pero con volumen, extensión y anchura suficientes como para hacer frente a las partes dramáticas, así como dominio de las agilidades, de los filados, del canto legato, de los reguladores, de los pianos y pianísimos; en suma, una soprano completa que además posea algo fundamental en el belcantismo: la pura belleza tímbrica. Logros como la famosa "Casta diva" del acto I, la tensa y emotiva escena en la que Norma, desesperada, intenta matar a sus hijos en el acto III, o su decisión de perecer en la hoguera en el final constituyen un desafío para cualquier soprano por buena que sea, pero tienen como recompensa el formar parte de esos momentos, no muy numeroso del drama lírico general, que pueden calificarse de sublimes. "Norma" se estrenó en la Scala, con Giusitta Pasta de protagonista, el 26 de diciembre de 1831 sin mucho éxito, aunque poco después era ya reconocida como la maravillosa obra maestra que es.
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