Domenico Scarlatti y Antonio Soler, maestro y
discípulo respectivamente, son los dos pilares de la
música española para teclado del siglo XVIII. Sus
sonatas, famosas por su variedad y belleza, son apreciadas
internacionalmente. La riqueza de su obra instrumental ha tenido
además un gran impacto en los compositores
españoles del siglo XX: desde el 3er movimiento del
Concierto para clave y cinco instrumentos de Manuel de Falla, pasando
por las Dos sonatas de El Escorial de Rodolfo Halffter o la Suite
mediterránea para conjunto instrumental de Manuel Castillo
de 1980 en homenaje a Antonio Soler. Se establece, gracias a ellos, una
continuidad entre la escritura de rasgos hispánicos del
siglo XVIII y la música española reciente.
El maestro: Domenico Scarlatti
(1685-1757)
Hijo del célebre Alessandro, Domenico
Scarlatti, nació en Nápoles en 1685. Se
formó probablemente con su padre, siguiendo sus pasos como
organista y compositor de la Real Capilla de su ciudad natal. En 1703
compuso su primera ópera, L’Ottavia ristituita al
trono, dedicada a la condesa de San Esteban de Gormaz. Tras una
estancia en Venecia, residió en Roma, donde no hay que
descartar que fuera discípulo de compositores como Gaetano
Greco, Bernador Pasquín y Francesco Gasperini.
Allí estuvo al servicio de la reina exiliada
María Casimira de Polonia y compuso para su teatro el
Palazzo Zuccari varias óperas como La Silvia (1710), Tolomeo
et Alessandro ovvero La corona disprezzata (1711), e Ifigenia in Aulide
(1713) entre otras. La composición de óperas y
cantatas durante estos años no impidió que
Scarlatti fuera muy pronto reconocido como un extraordinario
clavecinista. Circula una anécdota según la cual
el cardenal Pietro Ottoboni, que organizaba los recitales de la
academia poético-musical, le obligó a enfrentarse
a Haendel en un reto entre las escuelas de teclado italiana y alemana
respectivamente.
A través del embajador
portugués en Roma, el marqués de Fontes, tuvo la
oportunidad de viajar a Lisboa en 1719. Ese viaje y su residencia en la
capital portuguesa hasta 1728 abrirán una nueva etapa en su
vida y tendrá consecuencias decisivas en su obra para
teclado. Allí conoció a Carlos Seixas, otro gran
compositor de música para clavecín.
Entró al servicio del rey Juan V de
Portugal y fue el maestro de su hermano, el infante Antonio, y de su
hija, la princesa María Bárbara de Braganza.
Cuando en 1729 se celebró el enlace entre María
Bárbara y el príncipe de Asturias, el futuro rey
Fernando VI, la Princesa invitó a Scarlatti a que les
siguiera a España y así lo hizo. Tras una primera
etapa andaluza, hasta 1733, en la que el compositor napolitano descubre
la variedad de ritmos y melodías populares
españolas, llegaron a Madrid, donde Scarlatti
residió hasta su muerte en 1757. Es en la capital de
España donde se consagró a la
composición de las sonatas y es esta parte de su obra con la
que ha alcanzado un lugar privilegiado entre los compositores
españoles.
Las sonatas de Scarlatti
Entre Essercizi, sonatas, fugas, etc. la obra para
teclado de Scarlatti asciende casi a seiscientas piezas. Una capacidad
de invención inagotable hace que este corpus resulte de muy
difícil clasificación. Muchas de las sonatas se
caracterizan por la utilización de ritmos de danzas
españolas, como el bolero y la seguidilla, o por la
imitación de los rasgueados de la guitarra, del toque de las
castañuelas o de los taconeos del baile flamenco. Como
señaló el clavecinista y musicólogo
Ralph Kirpatrick “ningún compositor, incluido
Manuel de Falla, ha conseguido expresar la esencia de un
país de forma tan elocuente como lo hizo el italiano
Scarlatti. Como nadie supo captar el percutir de las
castañuelas, el sordo sonido de los tambores, el lamento
amargo y ronco de los gitanos, la alegría contagiosa de la
orquesta del pueblo y, sobre todo, la tensa flexibilidad de las danzas
españolas”.
Pero, si lo español ocupa un lugar
privilegiado en su lenguaje, no debemos por ello olvidar todas las
piezas en las que está presente su Italia natal o donde
desarrolla los ritmos de danzas francesas. Hispánico y
universal a la vez, la obra para teclado de Scarlatti es sin duda un
eslabón importante en el paso de la escritura para teclado
del Barroco al Clasicismo, desde las Suites francesas o inglesas de J.
S. Bach hasta las sonatas de J. Haydn. Este impresionante corpus
sobresale también por su aportación a la
técnica de teclado. La moderna utilización de
arpegios, notas repetidas, cruces de manos, etc. llamó la
atención durante el siglo XIX a pianistas como Carl Czerny o
al propio Chopin, quien defendía el estudio de estas piezas
y decía de ellas: “Los profesores de piano
están disgustados porque yo haga trabajar Scarlatti a mis
alumnos. Pero me causa sorpresa que tengan tales reservas. En su
música hay muchos ejercicios para los dedos, así
como una buena dosis de espiritualidad de la más elevada. A
veces, alcanza incluso a Mozart. Si yo no temiese incurrir en la
desaprobación de muchos necios, tocaría Scarlatti
en mis recitales. Afirmo que vendrá un día en el
que Scarlatti será frecuentemente interpretado en los
conciertos, que el público lo apreciará y se
alegrará con él”.
Desde principios del siglo XX se produjo la
repercusión que Chopin había vislumbrado. El
pianista y compositor italiano Alessandro Longo escribió un
estudio en 1900 y editó las sonatas en 1913. Hoy esta
edición ha quedado anticuada, pero la aportación
de Longo a la difusión de Scarlatti es indiscutible. Las
interpretaciones de pianistas como Enrique Granados, Ricardo
Viñes o Vladimir Horowitz, y los más cercanos a
nosotros, Andras Schiff y Christian Zacharias, además del
papel esencial jugado por Wanda Landowska en la recuperación
de la música de clavecín y de la integral de
Scott Ross y las versiones de tantos clavecinistas han contribuido a
que las sonatas de Scarlatti se conviertan en un clásico del
repertorio de clave y piano.
El discípulo: Antonio
Soler (1729-1783)
Gracias a la Memoria sepulcral anónima
escrita tras su fallecimiento, el 20 de diciembre de 1783, conservamos
una breve biografía de Antonio Soler. Era costumbre escribir
estas necrológicas entre los jerónimos de El
Escorial y el propio Soler escribió en 1766 la de fray Pedro
Sierra, al que le unía una gran amistad. Aunque estas
Memorias no son de una impecable precisión, se ha comprobado
que muchas de las informaciones sobre Soler sí son ciertas.
También se conservan siete cartas que Soler
escribió entre los años 1765 y 1772 al padre Juan
Bautista Martini de Bolonia, que han permitido clarificar algunos
datos.
Antonio Soler Ramos nació en Olot
(Gerona) en 1729 y se formó en la Escolanía de
Montserrat, donde tuvo como maestros al padre Benito Esteve y al
organista Benito Valls. Allí aprendió solfeo,
órgano y composición, estudiando las obras
José Elías y seguramente las de Juan Cabanilles.
Es posible que hiciera oposiciones a maestro de capilla bien en la
catedral de Lérida, bien en la de la Seu d’Urgel,
pero lo que sí parece seguro, según la
opinión del musicólogo José Sierra, es
que realizó alguna estancia en Lérida, ya que
algunas de sus obras están firmadas allí. Soler
tenía claro que quería tomar el hábito
y fue admitido como novicio en el monasterio de El Escorial en 1752 e
incluso se conservan los informes de su genealogía y
limpieza de sangre que entonces eran necesarios para postular a este
noviciado. Para el día de su profesión, el 29 de
septiembre de 1753, compuso el Veni Creator a ocho voces y violines.
Durante su etapa escuraliense recibió clases,
según él mismo escribió al Padre
Martini en 1765, de José de Nebra y Domenico Scarlatti.
También se menciona que Scarlatti fue su maestro en la
primera edición de las Sonatas para clave. A partir de 1766
se encargó de la formación musical de los hijos
de Carlos III, los infantes Antonio y Gabriel, durante las temporadas
en que la corte permanecía en El Escorial.
Soler cultivó los géneros
religioso y teatral, así como la música
instrumental. Dentro del primero, existen algunas obras compuestas en
el estilo polifónico típico de la escuela
renacentista española como el responsorio Peccantem me
quotidie a cuatro; pero predominan las composiciones religiosas
más modernas, de estilo armónico, como el
Confitebor tibi Domine y el Stabat Mater. Dentro del repertorio
religioso en lengua española, compuso más de cien
villancicos, algunos en honor de San Lorenzo, otros de San
Jerónimo y sobre todo para las festividades del Corpus
Christi y de Navidad. Un ángel y un demonio,
Antón y Pascual, Bartolillo con la danza prima, Congregante
y festero, De un sacristán y un monago, Infantillo, poeta y
cura, etc. son algunos de los más destacados.
Se conservan una treintena de obras
escénicas, entre comedias, autos, sainetes, loas y
entremeses, muchas de ellas con textos de Calderón de la
Barca. La función de estas piezas parece ser que era
entretener a la comunidad, así que son obras sencillas,
alguna de ellas policoral, y con partes instrumentales que
sí son muy características del lenguaje musical
de Soler.
Dentro de la producción
camerística, además de los Seis conciertos para
dos órganos obligados, compuso para la Real
Cámara del Infante D. Gabriel los Seis quintetos para dos
violines, viola, violoncelo y órgano o clave obligado donde
se aprecia la influencia de Luigi Boccherini. En algunas de las sonatas
para teclado se percibe el legado de Scarlatti, aunque hay muchas
diferencias con respecto a las del maestro y Soler siempre supo
encontrar su propio estilo. Formalmente, hay sonatas en un solo
movimiento, y otras en varios tiempos, cuyo estilo se asemeja en
ocasiones al de Carl Philipp Emanuel Bach.
La Llave de la modulación
y otros escritos
Menos conocida, pero también digna de
mención, es la aportación teórica de
Soler. Costeada y editada por la comunidad jerónima de El
Escorial, vio la luz en 1762 la Llave de la modulación. En
este tratado Soler explicaba los tipos de modulación y otras
cuestiones teóricas como los cánones
enigmáticos de la música de los siglos XIV a XVI.
Aunque el libro convenció a músicos de la talla
de Francisco Corselli, José de Nebra y Nicolás
Conforto, provocó también duras
críticas y una de las polémicas de la
música española del siglo XVIII. La primera
reacción fue la de Antonio Roel del Río, maestro
de capilla de la catedral de Mondoñedo (Lugo), con la
publicación en 1764 del ensayo Reparos músicos
precisos a la Llave de la modulación que recibió
respuesta de Soler un año después con un texto de
tipo epistolar titulado Satisfacción a los reparos hechos
por don Antonio Roel del Río. Este primer ataque fue
positivo en cuanto que permitió a Soler completar los
argumentos que ya presentaba en 1762 y criticar el conservadurismo de
algunos maestros contemporáneos, como el del propio Roel. En
1765, Gregorio Díaz publica en Madrid un opúsculo
titulado Diálogo crítico reflexivo entre Amphion
y Orpheo, donde discute la novedad de la Llave de la
modulación. Soler se defendió en 1766 con la
Carta escrita a un amigo por el P. Fr. Antonio Soler insistiendo en la
originalidad de su tratado y de algunas denominaciones que en
él aparecen sobre la modulación; así
mismo, reitera la valoración positiva de ciertos
músicos españoles y recuerda que su objetivo era
dirigirse a los discípulos y no a los maestros.
Finalmente, el maestro de capilla de la iglesia de
Figueras, Juan Bautista Bruguera, editó en 1766 un
opúsculo en defensa del Laberinto de laberintos, un
manuscrito anónimo (aunque hay quien piensa que su autor
pudo ser el propio Bruguera) que circulaba en España y que
trataba sobre el uso de las alteraciones. Soler había puesto
en duda la certitud de algunas de las teorías de ese libro
en La Llave de la modulación. También este ataque
tuvo su respuesta, aunque no por parte de Soler, sino de
José Vila, quien escribió la Respuesta y dictamen
que da al público el reverendo José Vila,
presbítero y organista de la villa de Sanahuja, a
petición de la “Carta
apologética”, escrita en defensa del
“Laberinto de los laberintos” del padre fray
Antonio Soler.
Este cruce de acusaciones y defensas nos permite entender diferentes
puntos de vista sobre la teoría musical de la
época y conocer la visión de Soler.
También debemos tener presente que es posible, como
señala Kirpatrick, que la Llave de la modulación
pueda explicar algunas de las riquezas armónicas de las
sonatas de Scarlatti.
Tras esta controversia, y según una
carta de Soler al Padre Martini de 1766, parece ser que estaba
trabajando en otro tratado sobre “música
eclesiástica antigua, inocente, clara y devota”.
Desgraciadamente esta obra se ha perdido, pero es posible que los
materiales de Soler fueran aprovechados por José Teixedor en
su Discurso histórico sobre la música religiosa y
en el Discurso sobre la historia universal de la música.
Aún más curiosa fue su
última obra teórica, que nada tiene que ver con
la música y sí con las matemáticas,
una de sus aficiones: la Combinación de monedas y
cálculo manifiesto contra el libro anónimo
intitulado; Correspondencia de la moneda de Cataluña a la de
Castilla, que se editó en 1771 y que contiene tablas de
equivalencias como consta en el título. Estos variados
intereses muestran de alguna manera que Soler era un hombre ilustrado
digno del siglo en el que vivió.
Bibliografía y
discografía recomendada
KIRPATRICK, Ralph, Domenico Scarlatti, Madrid,
Alianza Música, 1985.
SIERRA, José (ed.), Vida y crisis del Padre Antonio Soler
(1729-1783). Documentos, Madrid, Editorial Alpuerto, 2004.
VV. AA., 24 Documentos sobre Scarlatti en el Archivo
Histórico de Protocolos de Madrid, Comunidad
Autónoma de Madrid, 2008.
* * *
Horowitz plays Scarlatti, Sony B0000CF32K, 2003.
ROSS, Scott, Domenico Scarlatti: Complete Keyboard Works, Warner
Classics, 6967923, 2005.
COHEN, Patrick, Antonio Soler. Sonatas completas, Glossa GCD920502, 1996
Wanda Landowska Plays Scarlatti Sonatas, Pearl GEMS0106, 2002.