Svendsen. Sinfonía nº 1 en re mayor, op. 4
Por Andrés Ruiz Tarazona
Habrá quien se eche las manos a la cabeza cuando, entre mis sinfonías favoritas, vea la "Primera de Svendsen. ¿Y quien es este señor? Su nombre no aparece en la Guía de Música Sinfónica de Tranchefort y las dos sinfonías que nos ha legado no recuerdo haberlas escuchado jamás en concierto. Acaso esas dos sinfonías no sean para tanto, pero al elegir una de ellas, rindo homenaje al sinfonismo escandinavo, el de los Gade, Grieg, Berwald, Sinding, Atteberg, Stenhammar, Alfven, Nielsen, Norgard, Holmboe, Saeverud, Holten, Norholm, Nystedt, Abrahamsen, etc.
Además me gustan realmente las sinfonías de Svendsen, sobre todo la "Primera", llena de impulso juvenil y con un "andante" que es una auténtica maravilla. Svendsen despliega casi siempre una innegable personalidad, aunque su música tenga rasgos de Mendelssohn, (como todo músico nórdico de aquella época, él también pasó por las aulas del Conservatorio de Leipzig) y de Liszt, de Beethoven y Berlioz, etc. Pero su hermosa Sinfonía en Re mayor es todo un modelo de fuerza y optimismo.
Todo transpira energía, vitalidad, buen hacer. Y ese segundo movimiento, sereno e intenso, cuyo motivo principal canta la grandeza y la melancolía del paisaje noruego, vale por toda su obra. Es una pena que Svendsen compusiera tan poco. En una carta a Adolphe Boschot ya se hacía eco Saint-Saëns del gran talento de Svendsen., poniéndole muy por encima de su compatriota Grieg. Pero la dirección orquestal restó al noruego tiempo para componer; y para colmo, el manuscrito de su Tercera Sinfonía pereció en la insaciable chimenea de su casa en Copenhague, durante la etapa en que el maestro de Christiania dirigió el Teatro Real de la Opera Danesa. Lo arrojó al fuego, durante una discusión, su primera esposa, la norteamericana Sara Levett, de la que se separaría en l901 para contraer segundo matrimonio con la bailarina Juliette Vilhelmine Haase.
La dirección musical de la Opera de Copenhague y las desavenencias familiares impidieron a Svendsen superar el Op. 33. Una verdadera lástima, pues su música tenía virtudes, sobre todo en el plano rítmico del folklore, para situarlo entre los grandes. Al menos, la historia de la quema de su Tercera Sinfonía, (relatada por Johan Paulsen en sus memorias "Veladas en la calle Arbin"), inspiró al ilustre Ibsen la célebre escena al final del tercer acto de Hedda Gabler, en la cual Hedda arroja a las llamas de la chimenea el manuscrito del libro de Eilert Lovborg.
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