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Prokofiev. Sinfonía nº 1 en re meyor "Clásica", op. 25
Por Joaquín Turina Gómez
No he logrado nunca comprender porqué a Prokofiev le tildaron de "enfant terrible" de la música de principios del Siglo XX (bueno en realidad llegaron incluso a llamarle "animal salvaje"), ni por qué motivo el público podía levantarse y marcharse indignado de sus estrenos. Solo un público muy pacato -y tremendamente ignorante- podría reaccionar así ante unas obras que podían aparecer espectaculares por su lenguaje áspero y agresivo pero que carecían de las cargas de profundidad de otros contemporáneos suyos, Stravinsky, por ejemplo, para no salir de Rusia.
Luego Prokofiev se fue dulcificando él solito, mucho antes de la reprimenda de la época estalinista para que los artistas dejaran de hacer cosas abstrusas, aunque eso no le libró de su cuota parte de bronca. Hay que notar que la Sinfonía clásica es de 1917 y el compositor se plantea un doble reto. Primero escribir una obra sinfónica sin la ayuda del piano, que voluntariamente no había llevado a su residencia campestre cerca de Petrogrado que todavía no se llamaba Leningrado y que antes y después se ha llamado San Petersburgo. Pretendía así que el color orquestal fuera más intenso, más nítido, más claro. La segunda apuesta era hacer una obra como Haydn la hubiera escrito si hubiese vivido en el Siglo XX. Claro que al confesar esto a Prokofiev se le olvidó el pequeño detalle de que Haydn fue toda su vida un innovador y nunca se le ocurrió mirar hacia atrás para escribir su música.
Pero con esas premisas estaba cantado que la obra estaba destinada a tener la mejor acogida por parte del público, asustado por los experimentos de los verdaderos revolucionarios musicales. Es la plasmación práctica de las teorías de Prokofiev: melodía y sencillez. Con una pizca de ironía, añadiríamos nosotros.
Con todas estas premisas no acabo de entender porqué me gusta tanto la Sinfonía clásica de un autor como Prokofiev que nunca ha sido santo de mi devoción, pero el caso es me gusta y no lo puedo remediar.
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