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Shostakovich. Sinfonía nº10 en mi menor, op. 93
Por Víctor M. Burell
A partir del serialismo, la música toma un sesgo científico que la aparta incluso de las ya de por sí minorías que le eran fieles, muchas veces incondicionalmente sobre todo a causa de la melodía.
Podemos reivindicar formalmente la evolución y desde luego disfrutarla desde el lado del profesional y el estudioso; pero, no nos engañemos, el gran público mas que desinteresarse sale huyendo de la mal llamada música del siglo XX, o música contemporánea por aquello de ponerle un epígrafe.
Dos cuadros abstractos es más fácil que se asemejen entre sí que dos con figuración, y así las vueltas de la historia cultural están teniendo una cierta aproximación a híbridos, seguramente enriquecedores, al abandonarse los purismos, ya que si la pureza es una condición no agredida, el purismo suele consistir en una obsesión.
Dimitri Shostakovich, nacido en San Petersburgo en 1906, pasó el Rubicón de las nueve sinfonías -número que parecía maldito durante el romanticismo- para llegar nada menos que a quince, todas ellas de considerables proporciones. La primera data de 1926, recién terminados sus estudios en el conservatorio, ésta Décima, compuesta durante el verano de 1953, se estrenaría en diciembre en el entonces ya Leningrado y en Moscú, siguiendo la gran tradición clasico-romántica, aunque impregnada de su eslavismo inevitable e incardinada en el realismo socialista.
Otra vez nos encontramos, debido a sus componentes, con un idioma fácilmente comprensible adecuado a todos los niveles de comunicación. La tensión entre un lenguaje personal y el servicio a la colectividad puede que se haga patente en ocasiones, pero nunca perjudica esta obra colosal de pleno siglo XX, y ello a pesar de los difíciles momentos político-artísticos que el compositor vivió en esa Unión Soviética que hoy es sólo un recuerdo.
La Sinfonía nº 10, una de las más altas cotas por sus valores instrumentales, se acuñó bajo un término: "tragedia optimista". Por primera vez empleaba el maestro el tema de su firma D.S.CH., equivalente a RE-MI BEMOL-DO-SI.
Entre la Novena sinfonía y la en Mí menor habían pasado más de ocho años sin experimentar en este terreno. Probablemente la muerte de Stalin promovió, con su pequeña apertura, la macro-obra, que al estrenarse atraería la atención de los medios tanto políticos como musicales.
Fuera o no efecto de la posible independencia en la experimentación, estos más de cincuenta minutos de música divididos en los cuatro tradicionales movimientos, tuvieron desde el principio una aceptación popular que nunca ha disminuido.
Moderato, Allegro, Allegretto, Andante-allegro, así se suceden los tiempos, configurándose, a través de los tres primeros, un clima de tragedia abrumadora. El Moderato es el más extenso de la serie y también el más intenso. A través de la forma sonata se elabora un motivo principal de gran sencillez, que va adquiriendo el papel de tema principal. El oscuro y sombrío color orquestal es también una constante, como en los maravillosos cuartetos del maestro y aún en el resto de sus sinfonías todavía por venir.
El Scherzo (Allegro), de expresividad casi salvaje, tiene forma de marcha y se desarrolla a través de ritmos incisivos que lo agotan en escasos minutos.
El Allegretto, que ocupa el tercer lugar, está saturado de aires de vals melancólicos y reflexivos, siendo en este movimiento donde aparece la notación de su divisa personal antes referida. Las cuatro notas poseen una ambigüedad armónica fecunda, al tiempo que un original giro melódico que emplea en otras obras, tales como el "Concierto para violín nº 1", el "Cuarteto de cuerda nº 8", o incluso la última de sus sinfonías.
En cuanto al Finale, introducido por un Andante meditativo y sombrío, vuelve a la sencillez, así como de nuevo la combinación RE-MI BEMOL-DO-SI reaparece en el vigoroso optimismo con que se cierra la Sinfonía brillantemente, aunque en ningún caso se desplace la feroz potencia y el clima de tensión, que como afirma Geoffrey Norris es un hilo conductor turbador y dramático.
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