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Cesar Franck. Sinfonía en re menor
Por Andrés Ruiz Tarazona
Tenía Cesar Franck 65 años (la edad que ya me toca) cuando escribió su única sinfonía, aunque tardó algunos meses en estrenarla en el Conservatorio de París. Allí había estudiado él y en sus aulas impartió clases de órgano, formando a una generación de excelentes compositores que dieron lustre al sinfonismo francés un tanto apagado desde Berlioz. Entre ellos D' Indy, Chausson, Pierné y Duparc. A este último, muy querido por el viejo maestro, y autor de una de las canciones más bellas que existen, Extase, le dedicó su magnifica Sinfonía en Re menor. No tuvo apenas éxito porque las novedades eran excesivas. Charles Gounod, autor de dos sinfonías bien poco interesantes, se atrevió a decir que la de Cesar Franck era "la afirmación de la incompetencia llevada a extremos dogmáticos". Se envidiaba a Franck por la veneración que hacia él sentían sus alumnos. Saint-Saëns acababa de estrenar su estupenda Tercera Sinfonía (cuyo "poco adagio", por cierto, es algo extraordinario) y no simpatizaba tampoco con el "Padre Franck", como le llamaban sus admiradores, antipatía que era mutua. Pero el bueno de Franck no se enteraba de esas críticas adversas. Solo le preocupaban los alumnos y cuando tenía un poco de tiempo, sus propias composiciones y las de ellos. Basta escuchar el lento inicial de la Sinfonía para darse cuenta de que estaba en otra onda. El atrevimiento de sus modulaciones era un motivo de rechazo del público tradicional y los desarrollos parecían entonces inacabables. Los casi l8 minutos del primer tiempo ¿quien los ve hoy largos? Sin ese sentido del misterio, sin esa noción, casi mística, de la música absoluta, no hubieran podido surgir las sinfonías de D' Indy, Chausson, Dukas, Magnard, Ropartz, Roussel, etc.
Solo una figura señera, sin complejos, como Franck, se habría atrevido a desafiar el "allegreto" de la "Séptima" de Beethoven con otro "allegreto" similar y, al mismo tiempo, tan poco convencional. El uso del arpa, el solo de corno inglés, la misma tonalidad de "Si bemol mayor", las modulaciones; ¡qué gran música! Y un tercer tiempo final que es la apoteosis del sistema cíclico impuesto por el "viejo angel belga". Todos los temas reunidos en él y, para demostrar que no son meras citas repetitivas "cada uno de ellos está tratado como una nueva interpretación del mismo", afirmaba el compositor. "Creo que debe ser así..." añadía, con su proverbial ingenuidad, aquel ser beatifico para quien la música no necesitaba de explicaciones.
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