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Schubert. Sinfonía nº 9, en do mayor "La Grande", D. 944
Por Justo Romero


En 1824, dos años después de abandonar la que hoy conocemos como "Incom-pleta", Franz Schubert anunciaba por carta a un amigo que se disponía a escribir "una gran sinfonía". El autor nunca llega-ría a escuchar la obra, también conocida como Sinfonía número 9 'La Grande', debido a la negativa de los músicos de la Ga-sellschaft der Musikfreunde a tocarla, asustados por sus grandes proporciones. De hecho, la composición, que con frecuencia se toma como principal equivalente schubertiano de las sinfonías de Beethoven, fue compara-da con "una gruesa novela de Jean Paul en cuatro volúmenes" por Schu-mann, su descubridor y ferviente admi-rador, que de inmediato apreció su valía.

"Lo digo abiertamente y de una vez: quien no conozca esta sinfonía sabe muy poco de Schubert, y esta alabanza puede parecer excesiva, si se piensa en todo lo que este músico ha dado al arte", escribió Schumann, quien descubrió la partitura mientras revisaba papeles desordenados -durante una visita que realizó al hermano de Schu-bert, diez años después de la muerte de éste. La sinfonía se estrenó, bajo el impulso de Schumann, el 21 de marzo de 1839, con la Orquesta de la Ge-wandhaus de Leipzig dirigida por Mendelssohn.

En absoluto "parece excesiva" la encendida alabanza schumanniana. Basta escuchar el sencillo tema que canta el oboe al inicio del segundo movimiento (Andante con moto) para enamorarse de esta gran sinfonía y colocarla entre las preferidas. La fórmula rítmi-ca queda establecida a través de la cuerda, que será susten-to de la nostál-gica y encantadora melodía del oboe, retomada posteriormente por los clarinetes y de nuevo por los oboes. La cuerda canta en diálogo con la madera hasta la entrada de un tema mucho más amplio, ensoñador y traspa-rente, que a partir de la llamada de las trompas vuelve al motivo inicial, ahora más enér-gico. Los temas se entrela-zan a ritmo de marcha con tensión gradual hasta encontrarse en un fortí-simo, al que sucede un silencio de dos compases.

Pero no es éste el único portento de una obra grande y magistral, en la que la intrínseca riqueza temática queda multiplicada por los sutiles e hilvanados desarrollos que vierte Schubert a lo largo de sus cuatro movimientos. -Desde la lenta introducción, con ese arriesgado y original solo de las dos trompas, pasando por el dinamismo sin tregua del variado y extenso Scher-zo y culminando en el vigoroso Allegro vivace' final, en el que Schubert -retoma la irre-sistible potencia rítmica del Scherzo y guiña un ojo a Mozart y a todo un mundo periclitado citando tanto la dramá-tica irrupción de la estatua del Comendador al final del Don Giovan-ni como un motivo de la Oda a la Alegría de Novena de Beethoven. Un final beethoveniano que hermana esta sinfonía prodigiosa con la Primera de Brahms.