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Stravinski. Sinfonía de los Salmos
Por José Luis García del Busto


En una propuesta de este tipo no parece que estén excluidas, sino más bien lo contrario, las referencias a vivencias personales. "Descubrí" la Sinfonía de los Salmos recién llegado a Madrid, gracias al extraordinario capítulo que Federico Sopeña dedica a la obra en su libro Strawinsky. Vida, obra y estilo (Madrid, 1956): la necesidad creada por esta lectura me llevó a la grabación de Ansermet y, como remache, el 31 de marzo de 1966 asistí a un memorable concierto de Igor Markevitch con los recién fundados Orquesta y Coro de la RTVE que concluyó con la interpretación de la magistral partitura stravinskiana. No fueron malos, no, aquellos primeros pasos de mis andanzas con la Sinfonía de los Salmos, y ello contribuyó a que tenga la obra tan entrañada entre mis preferencias absolutas.

La composición nació como consecuencia del encargo de "una sinfonía" hecho a Stravinski en 1929 por la Orquesta Sinfónica de Boston y su director, Sergio Kussevitzki, con motivo de las celebraciones que el conjunto americano preparaba para el quincuagésimo aniversario de su fundación, que se cumplía en 1930. Empeñado en hacer algo realmente nuevo, pero con firmes lazos con la tradición, Stravinski optó por escribir una sinfonía, bien que huyendo del aspecto de la gran sinfonía romántica que, con razón, pensaba que ya había dado de sí cuanto podía dar. De este modo, Stravinski procuró que no sólo fuera nueva y distinta la sustancia musical, sino incluso el aspecto externo de su obra: ésta se basaría más en el desarrollo contrapuntístico que en el sonatístico, utilizaría un coro y una orquesta en pie de igualdad (en cuanto al número de ejecutantes y al tratamiento) y tendría un carácter espiritual o religioso, acorde con su más hondo sentir en aquel momento y, en consecuencia, con las que eran las tendencias más acusadas de su inspiración. El maestro escogió como base textual el Salmo 150, un hermoso Aleluya a la gloria de Dios con referencia expícita a sonerías de los más variados instrumentos musicales. Fragmentos de los Salmos 38 y 39 completan el texto manejado. Fue compuesta en 1930 -concluida en agosto- y al poco -en diciembre- la estrenaron Ansermet en Bruselas y Kussevitzki en Boston.

La Sinfonía de los Salmos se estructura en tres movimientos de amplitud creciente, cada uno de los cuales dura aproximadamente el doble que el anterior: el primero presenta carácter de despojada plegaria; el segundo es una magistral doble fuga; el tercero, un allegro a la vez imponente y recogido, gradioso y austero, con núcleo en "ese milagrosamente sencillo Aleluya, replegado, tímido, pudoroso, prohibiéndose el grito" (Sopeña). Es difícilmente descriptible la elevación espiritual y musical que Stravinski logra a través del ascetismo expresivo y sonoro autoimpuesto. Sobre la sonoridad, es significativo que el maestro optara por una orquesta sin violines, ni violas, ni clarinetes, y que prefiriera un coro íntegramente masculino, o sea, con niños encarnando los papeles de sopranos y contraltos, junto a los tenores y los bajos: cuestiones prácticas obvias han hecho casi inviable esa opción, y es bonito recordar que en alguno de los libros de "memorias dictadas" se recogen unas palabras de Stravinski declarando que tan sólo en una ocasión pudo escuchar la Sinfonía de los Salmos tal y como él la había imaginado, y fue en Barcelona, con los niños y los hombres del Orfeó Catalá.