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Brahms. Sinfonía nº 1, en do menor, opus 68
Por Justo Romero


Cada una de las cuatro sinfonías compuestas por Brahms resulta una maravilla absoluta por sí misma. Pero quizá sea la primera, compuesta en un larguísimo tiempo que se expande entre 1854 y 1876, la que tiene mayores resonancias beethovenianas y el valor añadido de ser la gran puerta que abre a un Brahms ya bien maduro el fascinante mundo de la sinfonía. Desde el noble y solemne inicio, con esas sonoras corcheas en el timbal que sirven de base rítmica a la expresiva melodía trazada por los violines hasta el brillante y casi bruckneriano pasaje que cierra el Allegro non troppo final, la Primera sinfonía de Brahms es una incesante sucesión de bellísimos diseños temáticos magistralmente expuestos, desarrollados e interrelacionados por el genio, clásico y romántico de Brahms.

Quizá sea precisamente este portentoso equilibrio entre el clasicismo que subyace en la sinfonía y la vigorosa e irreprimible voluptuosidad romántica que la distingue una de las claves del enorme poder de seducción de la obra. De sus cuatro movimientos, es el tiempo final, en su condición de síntesis, de punto de convergencia y solución de todas las fuerzas que aparecen a lo largo de la sinfonía, el fragmento más extenso, completo y rico. Desde los primeros compases del solemne y casi neoclásico Adagio que preludia este fragmento final, se percibe la enorme intensidad expresiva de los 457 compases que lo conforman.

El movimiento envuelve un momento absolutamente mágico, de corte ciertamente bruckneriano y en el que la trompa solista irrumpe con ese bellísimo motivo temático que luego será recuperado de manera no menos prodigiosa por la flauta y más tarde desarrollado por toda la orquesta. Tanta belleza estalla en el compás 30, exactamente al comenzar el Più Andante. Brahms, hace modular la tonalidad de Do menor al más luminoso Do mayor, al tiempo que escribe en el pentagrama del trompa solista una expresiva indicación que señala "forte sempre e passionato". Este momento de hipnótico esplendor emocional, en el que parecen concurrir la multitud de emociones y bellezas de la sinfonía, abre el camino al esplendoroso Allegro non troppo, tan cargado de resonancias de la Novena de Beethoven y que Brahms hace concluir en una grandiosa coda final a la que no es ajena el inolvidable motivo temático de la trompa.