Inicio
 Melómano en pdf
 Tienda
 Discos: Recomendados
 Guía Práctica
 Claves
 Opinión Nuevo
 Especiales
 Grandes Obras
 Ópera
 Libretos
 Zarzuela
 La música y yo
 Entrevistas
 Promesas Cumplidas
 Consultorio
 Últimas portadas
 Registro
 Orfeo Ediciones
 Tus sugerencias
       
 
 ESPECIALES
 
Schumann. Sinfonía nº 2, en do mayor, op. 61
Por José Luis García del Busto


La obra -que se estrenó en la Gewandhaus de Leipzig el 5 de noviembre de 1846-, pertenece al período que los Schumann pasaron en Dresde, una etapa conflictiva en la que las depresiones del compositor ya hacían mella. Pero, en los períodos de exaltación, las ideas acudían a borbotones y racheadas. Una de las rachas sinfónicas de Schumann se dio entre 1845 y 1847: revisa la Obertura, Scherzo y Finale, completa el Concierto en La menor para piano y orquesta y escribe la Obertura de Genoveva y esta Sinfonía en do que es una obra prototípica del talento de Schumann nacida tan desde dentro que si yo tuviera que escoger una sola página sinfónica para representar al músico, no dudaría en señalar el inefable Adagio espressivo que se sitúa como tercer movimiento y que supone una auténtica cima de la belleza, del lirismo y de la efusividad romántica que cabe dar con una orquesta de esta formación, aunque fuera manejada -dicen- por mano no demasiado experta en estas lides instrumentales (¡pues menos mal!).

El referido Adagio es la página más amplia y el núcleo expresivo de una composición espléndidamente equilibrada. Tras el brío dramático del primer Allegro -que aparece precedido por una introducción lenta-, el Scherzo obra maravillas relajando la tensión acumulada y preparándonos para el mencionado Adagio. La Sinfonía concluye con la dinamicidad y brillantez del Allegro molto vivace en el que volveremos a escuchar la imperiosa llamada del comienzo de la obra, un tema que, al reaparecer en varios momentos de la partitura, aun con distintas fisonomías y funciones expresivas, otorga al todo una admirable unidad. Esta consideración formal y la honda inspiración lírica del Adagio son dos de los tres elementos que situaron a esta obra entre mis preferencias desde las primeras audiciones.

Pero hubo otro elemento, esta vez de carácter interpretativo: la primera vez que escuché la obra fue en el Palau de la Música de Barcelona, tras un viaje en "600" desde Madrid, con el fin de asistir a los dos conciertos que allí ofreció el maestro Sergiu Celibidache al frente de la Orquesta de la Radio de Estocolmo que por entonces dirigía. Este jovenzuelo de la escapada había llegado a Madrid en los años sesenta, poco después de la ruptura de Celibidache con la ONE y por entonces no se podía soñar en la capital con conciertos de orquestas invitadas ni uno podía saber que se iba a constituir otra orquesta (la de RTVE) cuyo podio iba a ser ocupado a menudo por el maestro rumano. En definitiva, ver a Celibidache era una necesidad inaplazable y nos fuimos para allá. La Segunda de Schumann centraba el primer programa y para uno fue como una revelación. Recuerdo instantes concretos de la interpretación con absoluta precisión. También recuerdo -¡no es para olvidarlo!- cómo el maestro Celibidache me bajó al suelo desde mi espiritual levitación. Quiso Enrique García Asensio facilitarme el saludo en el camerino, y así lo hizo: "Maestro, quiero presentarle a este amigo mío que ha venido desde Madrid para escuchar sus conciertos"... "Pues a ver si consigo mañana que afinen estos animales", contestó sin mirarme. Pero le amo: él me había enseñado la Segunda de Schumann en una sola lección y para siempre.