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Brahms. Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 78
Por Víctor M. Burell


En esta época tumultuosa e iconoclasta, las sinfonías de Brahms todavía ocupan un lugar esencial en el mundo: son pilares de la arquitectura clásica, cuyos sonidos románticos y decimonónicos, de base firme y consonante, se elevan hacia las alturas mediante un plan preconcebido, en el que hasta el menor detalle se ha tenido en cuenta. Nada queda al azar.

Todos los movimientos tienen desde la primera nota un curso determinado. Los temas son originales e imaginativos; las armonías, los ritmos y las frases individuales aparecen en esquemas singulares; la maestría total del contrapunto y la orquestación -que sirve con lógica al espíritu de la música, sin ningún tipo de retórica- son elementos que se inscriben dentro de un marco, a pesar de todo clásico, que todo lo controla.

Brahms es una paradoja, puesto que, sin perder un ápice de su romanticismo, jamás abandona los principios del contrapunto, por lo que puede considerársele heredero directo de Bach. Hasta la libertad rapsódica es convertida por el maestro en algo profundamente disciplinado.

La Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 98 es en su mayor parte de carácter austero, quizá podríamos considerarla la menos dada a la expresión romántica; pero marca el punto culminante de la música orquestal del genio. Grandeza clásica, falta absoluta de descriptivismo, o sea, música por derecho propio.

Terminada en 1885, durante su estancia en Estiria, busca en cierto modo ese pensamiento alemán de retorno al germen nacionalista del mundo medieval. El ambiente es de ensueño melancólico puramente romántico.

El Allegro non troppo tiene forma de "sonata libre" con carácter heroico. El Andante moderato desarrolla su primer tema en modo frigio. El ritmo es ternario y el segundo de los temas exaltado; un típico tiempo de claroscuros.

El tercer movimiento, Allegro giocoso, presenta forma de "scherzo", el último que compusiera Brahms. Su idea es la de contrapesar el severo clima del resto, aunque en ningún momento se llegue al aire de danza popular ni al tiempo "serenata" de las anteriores sinfonías.

La sinfonía se cierra con un Allegro energico e passionato que constituye una de las más grandiosas producciones de la literatura musical de todos los tiempos. Está en forma de "chacona", ese aire que parecía ya agotado por los grandes maestros del XVII.

Un tema de ocho simples compases se repite a lo largo de este movimiento 30 veces sin casi modulaciones, lo que requiere la más absoluta pericia compositiva. Pero a pesar de las dificultades salvadas, nunca se nos presenta como una obra cerebral, debido a la riqueza inimaginable de matices.

El motivo, casi fúnebre, se reduce -como ya hemos dicho- a ocho simples acordes entonados solemnemente por la orquesta en pleno, destacándose el viento. Pero la unidad sigue imperando sobre la totalidad de las breves variaciones oscilantes sujetas a infinidad de matices.