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Mahler. Sinfonía nº 9
Por Justo Romero
"No hay hombre joven que crea que se morirá alguna vez". La cita es de William Hazlitt y refleja con precisión el ánimo de Gustav Mahler cuando, en el verano de 1909, se sumerge -en la creación de la Novena sinfo-nía. A pesar de contar únicamente 49 años, Mahler es cual-quier cosa menos un "hombre joven". ---El prematuro falle-cimiento en 1907 de su hija Maria Anna, la dolencia cardiaca (se ha apuntado que el inapelable tema de las cuatro notas introduci-do por el arpa al inicio de la sinfonía represen-ta el irregular pulso al que latía el arrítmi-co corazón de Mahler), su dimisión como direc-tor de la Ópera de Viena... Un mundo que se derrum-ba y que le hunde cada vez con mayor intensidad en angus-tio-sos esta-dos depresivos.
Lejos quedan los enardecidos tiempos de la Segunda sinfonía ("Muerte y resurrección"), o los oscurísimos de la Sexta ("Muerte sin resurrec-ción"). Ahora, Mahler, en esta temida y pospuesta Novena (a la verdadera Novena -La canción de la tierra- no se atre-vió a lla-marla así por temor a que, como en los casos de Schu-bert, Beethoven, Dvorak y Bruckner, fuera a convertirse en últi-ma), se muestra resignado, sere-namente resignado ante la inapelable -muerte, incluso reflexio-na sobre ella y se aferra, si no desespe-rada-men-te, sí una y otra vez a la vida. El desolado "ers-terbend" (agonizando) que anota en el último compás de la partitura, tras esa indes-criptible frase de cuatro notas que describen las violas casi desde ultratumba, es la antítesis del tremendo e inesperado zarpa-zo que corona la Sexta.
Como un náufrago que trata hasta el último momento de mante-nerse a flote, Mahler se resiste una y otra vez a desprenderse de la vida, a la que repasa desde muy diferentes ángulos. Los motivos populares (Ländlers) del reminiscen-te segundo movimiento, o el tumultuoso y decidido Rondo-Burleske son sólo evocaciones de mundos -definiti-vamente zozobrados; distantes puntos suspensivos enmar-cados por los dos excelsos momen-tos de esta sinfonía: el prodigioso Andante comodo que la abre ("Lo más extraor-dinario que ha escrito Mahler", según Alban Berg) y el Adagio final, culmi-nado por esos sublimes e infinitos 27 compases (!una simple página de partitu-ra!) que configuran el adagissimo en el que Mahler, a través de la cuerda, desvanece la materia sonora en un último e imposible intento de soslayar, de impedir el ineludible punto de inflexión entre vida y muerte, entre sonido y silencio.
Mahler jamás escuchó su Novena sinfonía. Tal como temía ante la experiencia de sus ilustres predecesores, verdaderamente iba a ser la última concluida. Fue en Nueva York, el primero de abril de 1910, cuando comunicó a Bruno Walter la fina-liza-ción de la misma. 13 meses después -el 18 de mayo de 1911- se hacía realidad en Viena lo que de manera tan clarividente había expresa-do a través de la música. Contaba 50 años, pero llevaba ya muchos pensa-do en la muerte. Probablemente nunca llegó a ser un hombre joven. Le sepultaron en Viena, en el cemente-rio de Grinzing, junto a su hija Maria Anna. ¡Lleva-ban separados sólo cuatro años!.
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