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Mozart. Sinfonía nº 40 en sol menor, Kv 550
Por Andrés Ruiz Tarazona
Todavía sigue siendo un misterio el origen de las tres últimas sinfonías de Mozart, escritas en Viena durante el verano de l788. Desde su llegada a esta ciudad, seis años antes, Mozart solo había escrito tres obras en este género, las llamadas Halffner, Linz y Praga. Por hermosas que sean, y lo son, tenían un destino concreto y en los tres casos no precisamente vienés. Por eso nos parece raro que Mozart haya terminado, en muy poco tiempo, trabajando febrilmente, ese gran tríptico sinfónico que son las Sinfonías en Mi bemol mayor, Sol menor y Do mayor.
Cuando Mozart escribía obras de este tipo y no conciertos -compuestos a veces en previsión a determinadas academias de subscripción para recaudar fondos- solían intervenir siempre factores externos, pero en la trilogía de l788 no ocurrió. Mozart debía estar lleno de ideas y las plasmó en estas tres sinfonías de muy diferente carácter. Nos parece que lo hiciese con un plan orgánico preconcebido pero con ellas, el clasicismo alcanza su cumbre en el terreno sinfónico. Obras autónomas, nuevas en todo, ajenas a encargo alguno y diferenciadas entre sí por el carácter, la coloración de la sonoridad ya hasta la distribución instrumental.
Cuando las compuso, Mozart pasaba grandes apuros económicos, pero en nada parece haber influido su preocupación sobre su inmensa capacidad de hacer música.
La Sinfonía num. 40, en Sol menor nos parece la más trascendental de la trilogía, al menos en el aspecto humano. Es una obra muy personal, que sale del alma, la más romántica que Mozart escribiese nunca, aunque Schumann viese en esa música algo apolíneo y con la gracia y la ligereza del clasicismo griego.
La Sinfonía num. 40 participa en buena medida de aquel impulso pre-romántico del Sturm und Drang, visible en su antecesora la Sinfonía num. 25, también en Sol menor. Insistimos, es la más dramática de las tres, la que denota mayor deseo de expresividad sentimental, subrayado por el fuerte cromatismo y el violento arranque de los desarrollos, siempre en tonalidades exageradamente distantes de aquellas en que basó las exposiciones. El genio de Mozart va más allá de lo imaginable y se explica que los atrevidos procedimientos puestos en juego aquí, causaran extrañeza y estupor en pleno siglo XIX a un músico de la talla de Berlioz.
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