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Schubert. Sinfonía nº 5, en si bemol mayor, D.485
Por José Luis García del Busto


En Schubert los meses corrían como años para otros. Así, en abril de 1816 dio la expresividad trágica de su Sinfonía nº 4 en Do menor, en mayo la expresividad sonriente de sus Lieder sobre poemas de Hölty, y el 3 de octubre remataba esta Quinta Sinfonía bañada de indefinible y melancólico humanismo. Y no fueron éstas las únicas obras compuestas en tan corto período del año en que cumplió sus 19 de edad. Con razón se alude reiteradamente a Mozart, al Mozart más pre-romántico, el de la Sinfonía nº 40, en Sol menor, para buscar parentesco de hermandad con el Schubert de esta obra preciosa que uno no se explica muy bien cómo no aparece en los programas con mucha mayor frecuencia.

La obra nada nuevo aporta, en lo formal, con respecto a los modelos vieneses de Haydn y Mozart. Tampoco en lo instrumental; pues para su Quinta Sinfonía prescribió el autor una orquesta bien escueta: la orquesta clásica, sin trompetas, incluso sin clarinetes, ni timbal; en otras palabras, se trata, prácticamente, de música de cámara. Pero en estos moldes, intrumental y formal, cupo divinamente la sustancia nueva de la inspiración de Schubert. Cupo el indefinible latido, el humanísimo temblor de una nueva manera de entender la creación musical, cercana a la ensoñación, al diario íntimo, a la mirada hacia adentro de uno mismo.

La Sinfonía nº 5, en si bemol mayor de Schubert arranca directamente en Allegro, sin la introducción lenta presente en casi todas las sinfonías schubertianas (sólo falta en ésta y en la Incompleta). Así, tras unos compases que actúan como una larga anacrusa -a la manera de la Obertura de Las bodas de Fígaro-, el tema principal, cantado por las cuerdas, es un hallazgo genial que nos cautiva por vía de la más sencilla y llana naturalidad: la fascinación de la música pura. Debo confesar que mi pasión por esta obra se debe a la insondable (para mí) belleza de este tema tan sugestivo como simple. Luego -y me parece casi un milagro-, el interés de la partitura no decae hasta que se extingue el Allegro vivace final, que se acoge a la forma sonata, como el primer Allegro. Entre medias, un Andante con moto de perfecta simetría (en el esquema A-B-A-B-A) y el ortodoxo Menuetto, con su sección de Trío central contrastante. Todo fluye con naturalidad, aparentemente fácil, pero es música con misterio.