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Mahler. Sinfonía n.º 5 en do sostenido menor
Por Víctor M. Burell
Cuando en 1911 Mahler moría, Europa se santiguaba ya para entrar en la Gran Guerra. ¿No es acaso su música un presagio de pérdida de paz?
Descubiertos por Freud los fantasmas del cerebro, ya nada podía reducirse con la argucia del equilibrio; porque, si el hombre tiene muchos enemigos fuera, tiene uno dentro que, agazapado, puede convertirse en su mayor destructor: él mismo.
Se acabaron las descripciones si no son para herir como cesuras a través de esas marchas que, con perfume de pueril desfile de soldaditos de plomo, terminan siempre por ser cortejos fúnebres.
La claridad del mensaje musical comienza a disolverse, aunque, en sus contrastes con lo nuevo -me refiero a Schönberg- se aferre aún a su viejo mundo.
Hoy se ha vuelto la cabeza hacia todo aquello, porque allí se encuentra la causa de nuestros miedos, la razón de nuestras fobias y una cierta melancolía de la estética perdida.
Se ha hablado mucho del encuentro con Mahler. Se trata de un compositor prolijo en su escritura. Sus enormes sinfonías -principio del fin- tienen tres notas características: frecuentísimos cambios de estructura, protagonismo instrumental apurando las dinámicas y variaciones de ánimo y aún espíritu en poquísimos compases.
La Quinta Sinfonía en do sostenido menor, estrenada en Colonia en 1904, fue bautizada de inmediato con el sobrenombre de Gigante. La monumentalidad -como afirma Spengler- delata, precisamente, la principal característica en una cultura en decadencia.
Es la composición de Mahler contrapuntística por excelencia. De coherencia inusitada, el primer movimiento Trauermarch, In gemessenem Schritt. Wie ein Kondukt y el segundo Stürmisch bewegt, mit grosser Vehemenz se desarrollan en una misma concepción. El cuarto Adagietto, Sehr langsam y el quinto Rondó-Finale-Allegro-Allegro-giocoso. Frisch cumplen la función de introducción lenta y finale, cuya última enunciación es, además de tema relacionado con el material principal, una cita del primer movimiento de la "Novena Sinfonía" de Beethoven.
En el centro nos queda el profundísimo Scherzo. Kräftig, nicht zu schnell, un semi-vals en Re mayor con trompa obligada y un trío, construido sobre pizzicati. El Adagietto camerístico, somero, intenso y emocionado (para cuerdas y arpa) concita una canción del propio Mahler sobre un poema de Rückert.
Nos encontramos con un Mahler utilizando de nuevo la forma sonata, tanto en el segundo de los movimientos y en el Scherzo, en La menor como en el Finale, una sonata-rondó que simplifica sutilmente su delineación, aunque exista una complejidad añadida surgida del intento de reconciliar gran parte del contrapunto (de carácter fugado) con la sonata propiamente dicha.
Se trata de una aventura personalísima, cuya diferencia entre las partes extremas no rompe el sentido de su unidad.
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