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Berlioz. Sinfonía Fantástica, op. 14
Por Andrés Ruiz Tarazona
El público despreocupado de los conciertos escucha la Sinfonía Fantástica de Hector Berlioz como cualquier partitura claramente romántica. En todo caso, lo llama la atención el curioso programa que revelan los títulos de sus cinco movimientos. Un programa que tienen también partituras como la Sinfonía Alpina o Sheherezade. Pero la obra de Rimski-Korsakov es de l888, la de Richard Strauss de l915 y la Sinfonía Fantástica fue compuesta por Berlioz ¡en 1830!
Beethoven había muerto tres años antes y Schubert dos.
El joven Berlioz, con 27 años de edad, realiza una de esas obras míticas de la historia musical. Hay muchas razones para considerarla así. En primer lugar como punto culminante de una personalidad que ya empezaba a llamar la atención de los círculos musicales e intelectuales de París. Es verdad que al componerla aprovechó material procedente de composiciones suyas anteriores, pero lo hizo con otras miras, con un impulso nuevo. Beethoven le abrió nuevas perspectivas cuando, gracias a Habeneck, pudo conocer en París todas sus sinfonías. El amor apasionado que Berlioz sentía por la actriz irlandesa Harriet Smithson, a la que había visto como Ofelia en Hamlet, hizo lo demás.
Ya nos asombra el primer movimiento Ensueños-Pasiones por su imaginación y sus alocadas efusiones líricas. Nos cautiva el fantasmagórico vals de Un baile y el atrevimiento de la Escena campestre, meditación del artista solitario ante la Naturaleza. Después de la marcha al suplicio, la pesadilla desemboca en ese tremendo Sueño de una noche de aquelarre, en cuyo torbellino Berlioz se adentra por un mundo comparable al de las pinturas de Goya en la Quinta del Sordo.
El desenfreno de este "finale" ¿provenía de una excesiva dosis de opio absorbida un día y otro por el artista para olvidar los desdenes de su amada? Sin una visión creadora al filo de lo genial no se alcanza una cosa así.
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