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Bruckner. Sinfonía nº 8, en do menor
Por Justo Romero


Hay hasta quien dice categóricamente que tal o cual sinfonía de Bruckner es la mejor. ¿Cómo optar por una concreta?. Hoy -27 de abril- la preferida es la Octava, pero mañana puede ser la Novena... o, quizá, la Quinta, la Cuarta, la Tercera, ¡la Séptima!. Sin embargo, es la inmensa Octava, con ese Adagio infinito, que, como decía Celibidache, debía "empezar sin empezar" desde el silencio absoluto, la sinfonía que, en cualquier caso, de manera más frecuente encabeza el voluble listón de mis deseos sinfónicos.

Fue Sergiu Celibidache, ¡claro!, quien reveló la más amada sinfonía. Supongo que también a todos los que el 27 de abril de 1994 abarrotaron el Auditorio Nacional de Música de Madrid para disfrutar de aquel tiempo lento, inmensamente lento, casi congelado en el que cada detalle, cada célula, cada parte de cada armonía cobraba cuerpo y sentido dentro de un engranaje alquimista que parecía revivir el sueño helénico de la armonía de las esferas. En el punto culminante del éxtasis, los arpegios interminables de las tres arpas de la Filarmónica de Múnich llegaron bajo unas aéreas sonoridades de la cuerda que parecían ellas mismas levitar sobre el parqué del escenario.

Todo eso llegó tras dos primeros movimientos no menos inolvidables y un Finale cuya grandiosa intensidad dejó absolutamente extenuados a músicos y público. Fue la fugada coronación de una sinfonía monumental que, de principio a fin, desde el misterioso y potente inicio del Allegro moderato hasta la cósmica plenitud contrapuntística del final, que conjuga y funde en prodigiosa armonía los principales temas surgidos a lo largo y ancho de esta sinfonía en Do menor que más de una vez se ha emparentado con otra gran sinfónica establecida sobre la misma tonalidad: la Quinta de Beethoven.

Ahora, mientras surgen estas líneas en la pantalla del ordenador, suena en el equipo de música una grabación piratísima de aquel concierto madrileño que atesoro como oro en paño. En este momento es el trío del Scherzo lo que escupen los altavoces. Aquella "cósmica plenitud", aquel tiempo lento "casi congelado" se antojan ahora momificados. Mejor el silencio y escuchar sólo la memoria. El momento del concierto es irrepetible. El Maestro, una vez más, tenía razón.