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Haydn. Sinfonía nº 104, en re mayor, "Londres"
Por José Luis García del Busto
La última de las sinfonías compuestas por el maestro austriaco data de 1795. Aunque no sea el único caso -obviamente-, sí creo que es uno de los mejores ejemplos que cabe encontrar de cómo el talento y la creatividad pueden y deben sobrenadar por encima de cualquier condicionamiento, atadura o convención. He aquí una obra que no se aparta ni un milímetro de las normas prefijadas y aceptadas por el propio compositor, una composición en la que todo es normal en sentido estricto, incluso con un desenvolvimiento previsible, pero que, a la vez, está llena de inventiva, de novedad. Es una obra en la que nada es extraño, pero en la que el oido atento va de sorpresa en sorpresa, en la que nuestra capacidad de admiración se pone a prueba.
El Adagio inicial, de amplitud y majestad sin parangón en el sinfonismo de la época, es un modelo de Introducción sinfónica. A él se encadena con naturalidad un Allegro con material temático de extraordinario atractivo, muy dinámico, lleno de vida interna. Básicamente es un solo tema, en dos períodos. El desarrollo es sumamente conciso y se centra solamente en una de las células temáticas expuestas. Recapitulación abreviada y Coda abrochan esta página de soberana belleza.
El Andante muestra inicialmente una línea galante, estereotipadamente "clásica", pero, completada esta primera sección, tan serena y hasta sonriente, el Sturm und Drang dice "aquí estoy" y Herr Haydn literalmente se desmelena en un pasaje central de arrebato expresivo tan hondo como inesperado: precisamente por esto resulta especialmente intenso. Es interesantísimo observar cómo, tras esta ráfaga pasional, la vuelta a la primera sección, lejos de constituir una repetición es realmente otra música: el mismo material aparece como "tocado" por un pathos que no había revelado en su primera aparición.
Tampoco el Menuetto, aun siendo de construcción perfectamente ortodoxa, tiene nada de convencional. La soberbia inspiración melódica haydniana y la sabiduría con que juega con la métrica -desplazando en momentos las acentuaciones convencionales del compás- hacen de la sección principal un trozo de música tan admirable a la lectura como aparentemente sencillo y grato a la escucha. El trío, bellísimo, es acaso el pasaje más efusivamente cantabile de la obra y prepara maravillosamente la reaparición de la sección principal. En pocas obras de la historia de la música sinfónica, el movimiento menos ambicioso o profundo -generalmente el tercero: en todo caso el minuetto, o el scherzo, o el intermezzo- aisladamente considerado dice tanto como éste acerca de la excelsa categoría de la obra toda.
El Finale Spiritoso tiene energía beethoveniana, es música de ímpetu juvenil. (Obras como ésta -el Fasltaff de Verdi sería otro paradigma-, obligarían a reconsiderar la habitual asimilación que hacemos de lo impetuoso, pujante y terso con lo juvenil). Alternando magistralmente elementos formales sonatísticos y escritura contrapuntística, Haydn hace una última demostración de inspiración y sabiduría aplicadas a la música orquestal más pura.
Una Sinfonía es esto, debió pensar Haydn al firmar esta obra maestra. Y, claro, no necesitó hacer más.
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