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Beethoven. Sinfonía nº 7 en La Mayor, op. 92
Por Joaquín Turina Gómez


Año 1813, Napoleón está confinado en la isla de Elba y las potencias europeas se reúnen en el Congreso de Viena en un vano intento de restaurar el mundo tal y como era antes de la Revolución Francesa. Allí estaba Beethoven codeándose con reyes y emperatrices, que demuestran la misma ceguera artística que política: tienen delante uno de los mayores genios de la historia de la música y no se les ocurre nada mas que encargarle una polonesa y darle una propina de 200 ducados. En fin, su huequecito taparían en la economía de Beethoven.

Afortunadamente el compositor seguía su propio camino y supo aprovechar el revuelo y la agitación de la Viena de aquel año para presentar alguna de sus obras mayores, entre ellas la Séptima sinfonía. Sabemos menos de su proceso de composición que de los detalles de sus ensayos y su estreno. Debió de ser escrita entre 1911 y 1912 y fue dada a conocer en un concierto benéfico a favor de los soldados heridos en la batalla de Heslau. No se presentaba sola, sino en compañía de la Octava y de lo que hoy consideramos una obra menor, de circunstancias, pero que fue lo que más éxito tuvo en aquel concierto: La batalla de Vitoria. A la Séptima de todas formas no le fue mal en la apreciación del público y se volvió a programar en otro concierto cuatro días después del estreno. El primer día Beethoven se empeñó en dirigir a pesar de estar ya casi completamente sordo y las crónicas de entonces hablan más de los mil errores del compositor sobre el podio, que solo oía los instrumentos más cercanos, que de los méritos de la obra.

A mí la Séptima primero me sedujo y luego fui sabiendo más cosas de ella, pero nada logró empañar la primera impresión, ni siquiera el comentario de Wagner, que todavía no he logrado descubrir si era despectivo o no. Quizá lo que más me atrae de esta obra es que sea una expresión serena del genio, que abandona el impulso casi agresivo de sus sinfonías anteriores, para relajarse y demostrar que ya se siente seguro en su posición. La Séptima hay que disfrutarla como si fuera inédita, como si Beethoven la hubiera escrito solo para nosotros.