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Max Bragado Darman. El retorno de un maestro
Por Víctor Valenzuela


El madrileño Max Bragado Darman, uno de los directores más internacionales de su generación y de los que han llevado a más altas cotas de calidad y de reconocimiento una orquesta española como la Sinfónica de Castilla y León, ha estado prácticamente ausente de los podios en nuestro país en los dos años que hace que dejó la titularidad de dicha agrupación.

Bajo su dirección han colaborado artistas de la talla de Teresa Berganza, Alicia de Larrocha o Aurora Nátola, con quien grabó la integral para chelo y orquesta de Ginastera. Formado en los Estados Unidos de América, compartió la titularidad de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León con la de la afamada Orquesta de Louisville en Kentucky. Anteriormente fue Director de la Orquesta Sinfónica y de Cámara del “Cleveland Institute of Music”, y titular de la Orquesta Sinfónica de Gran Canaria, “Concerto Grosso” de Frankfurt, Alemania, y de la “Classic Chamber Orchestra” de Nueva York. Además, en el extranjero ha colaborado con la Orquesta del Teatro San Carlos de Lisboa, la Sinfónica de Londres y la del Metropolitan de Nueva York, entre muchas otras, y en nuestro país ha sido invitado por la mayoría de las grandes orquestas. Trabajador incansable, amante de la juventud y de todo lo español, no tiene reparos en manifestar su “orgullo patrio”.

Tras este corto periodo, en el que comprobaremos que no ha estado precisamente desocupado, afortunadamente regresa como director invitado a los escenarios españoles con numerosos e interesantes proyectos, sin abandonar su actividad internacional, en la que cabe destacar un importantísimo jalón para su carrera: su reciente nombramiento como director titular y artístico de la Orquesta Sinfónica de Monterrey, en Estados Unidos.

Aunque parezca una pregunta obligada, a nuestros lectores siempre les interesa conocer los orígenes. ¿Cómo llega un niño o un joven a decidir dedicarse a algo tan peculiar como la dirección de orquesta?
En mi caso particular, siempre tuve claro que lo que me atraía de la música era la literatura orquestal; la inmensidad de obras bellísimas que existen para orquesta me animaba a dedicarme a la dirección como única salida para satisfacer mis ansias de música. Mis primeros contactos con este arte fueron a través del piano y gracias a mis padres que adoraban la música en calidad de aficionados. Lamentablemente, la pedagogía musical por aquel entonces se basaba en una enseñanza catastrófica del solfeo que a mí, y creo que a cualquiera, a lo único que me animó fue a odiar la música en mi niñez. De hecho, recuerdo que el profesor que siempre presidía los tribunales cuando me examinaba de solfeo, el Señor Ramírez Ángel, me preguntó, al terminar una prueba y en presencia de mis padres: ¿por qué no les pide usted a sus padres que le retiren de la música?

Bueno, esto también se lo dijeron a Pavarotti...
Sí, claro, este tipo de casos son permanentes en todas las disciplinas; dicen que Einstein no aprobaba las matemáticas en el colegio. Lo cierto es que lo dejé temporalmente y sólo una casualidad milagrosa me hizo volver a la música con toda la fuerza y el amor con que sigo en ella: mi compañero de pupitre en el colegio era Fernando Argenta, gran amigo desde la niñez hasta hoy, que cada día me insistía en que le acompañara a ver un concierto de su padre. Finalmente accedí y nunca olvidaré aquel mi primer concierto: yo tendría diez años y Samson François, gran pianista francés tocaba el “Emperador”, aunque no recuerdo el resto del programa. Era un domingo por la mañana, en el Monumental Cinema y cuando salí del teatro yo ya estaba convencido de que quería ser director de orquesta. Aquella misma tarde hablé con el gran Ataúlfo Argenta que me dijo: “si quieres estudiar conmigo dirección de orquesta, tienes que demostrarme primero que eres un buen pianista”. Así empecé a prepararme intensamente para cumplir mi sueño; mi orgullo y mi afán de demostrar al maestro Argenta que podía conseguir lo que me había pedido me hicieron pasar de los suspensos en tercero de solfeo a los premios extraordinarios del resto de mi carrera. La pasión por la música que me impulsó todos aquellos años no ha desaparecido todavía, sino que crece día a día.

¿Y tuvo ocasión de demostrarle a Ataúlfo Argenta que era digno de ser su alumno?
Lamentablemente, como todos sabemos, el maestro falleció muy joven, cuando yo estaba todavía en cuarto o quinto de piano. Mis sueños sufrieron un golpe tremendo, pero no por el aspecto egoísta de no poder estudiar con él: yo admiraba a aquel hombre. Tenía claro, en mi ignorancia musical de aquel entonces, que me encontraba ante una fabulosa personalidad de la dirección de orquesta y de la música; un hombre de dotes extraordinarias en el podio. Vi todos los conciertos que dirigió durante sus cuatro últimos años y mantuve mi sueño y mis aspiraciones sin volver a molestarle, haciendo mi trabajo en la sombra para llegar algún día y decirle: “Ya estoy listo”. Incluso si ese día hubiera llegado y él no me hubiese aceptado por uno u otro motivo, mi cariño y mi admiración, que trascendían mis deseos de aprender con él, habrían sido, como son, eternos.

¿Cómo orientó entonces sus estudios, si en el Madrid de entonces no había cátedra de dirección de orquesta?
Mi familia no tenía grandes medios económicos como para enviarme a Alemania o Austria, que es donde “había que ir”, si no era con una beca. Cuando estaba finalizando mis estudios de piano, vino a Madrid “The Eastman School of Music Orchestra”de la Universidad de Rochester en USA. Todo lo relacionado con América parecía para un europeo de entonces casi como otra galaxia. Aquella orquesta, que dirigía el también compositor Howard Hanson, me impresionó y tuve otra inspiración decisiva: si en América se hacía así la música en los conservatorios, yo quería ir a estudiar allí y no a centroeuropa. Conseguí una beca de un año del American Field Service. Ya entonces, en 1963, percibí que la sociedad americana es extraordinariamente generosa con aquellos que quieren hacer cosas de verdad. Una vez allí, recorrí muchísimas universidades haciendo que me escucharan como pianista, con tal éxito que pude elegir dónde quedarme porque me ofrecieron becas en muchas de ellas. Entre todas las opciones, elegí el Oberlin College de Ohio, que tenía un conservatorio extraordinario. Allí permanecí cinco años perfeccionando el piano y estudiando dirección de orquesta. Allí me gradué. Allí aprendí a experimentar con el sonido, a mejorar ese instrumento llamado orquesta, a analizar profundamente la partitura y conocer sus entresijos para conseguir de la orquesta exactamente lo que tengo dentro de mi cabeza. Y actualmente soy titular de la Sinfónica de Monterrey.

De hecho en su carrera ha predominado, hasta ahora, la actividad como director titular de diferentes orquestas, donde ese “crear un sonido” determinado se hace notar más que cuando un director es invitado para un programa de una semana en una orquesta y otra a la semana siguiente.
Se trata de dos posiciones muy diferentes a la hora de afrontar la dirección de orquesta: la que aprendí de mis profesores, por un lado, y la que impone la sociedad actual, por el otro. Cuando yo estudié en Estados Unidos, existía una conciencia ética que hacía que el músico se sintiera orgulloso de ser fiel a la institución a la que pertenecía; ese fue el modelo que yo aprehendí de George Szell y la Orquesta de Cleveland. Evidentemente se trataba de un modelo increíble para un joven director como era yo en aquel momento. Sin embargo, la sociedad española del siglo XXI apunta más a otro tipo de intereses, quizás más de índole económica o social y laboral, con los que yo encajo muy difícilmente mi visión de un arte como la música. Lo que quiero decir es que ese orgullo del que hablaba hace un momento puede volverse contra uno mismo. Por ejemplo, la Orquesta Sinfónica de Castilla y León obtuvo un éxito grandioso en su primera gira por Alemania. La crítica alemana llegó a compararla en calidad a la del Concertgebouw o a la de Bamberg y esto me hacía sentir un orgullo tremendo, tanto por mi propio trabajo como por el de mis colegas, los profesores de la orquesta. Porque la calidad de los músicos era, y es, excelente; yo había sido el responsable de seleccionarlos y de sacar el máximo rendimiento a sus cualidades individuales a la hora de hacer orquesta; sin embargo, ese esfuerzo por mejorar día a día conlleva tensiones. Los colectivos, desgraciadamente, son muy dados a la indisciplina... Resumiendo, creo que siendo práctico y cómodo, resulta mucho más fácil el trabajo como director invitado: estás una semana trabajando agradablemente con una orquesta, haces un buen concierto debido al buen trabajo tanto de la orquesta como del director pero, ¿dónde queda ese orgullo de llegar a las más altas cotas junto a la orquesta de la ciudad en la que vives y a la que le dedicas toda tu vida?. La titularidad de una orquesta sí puede darte esa satisfacción; mi interés se centra en trabajar en pro de una misma formación e impregnarla, con la dedicación y entrega de todos sus componentes, de un sonido, precisión y un nivel artístico propios a través de un constante esfuerzo de superación, libertad en decisiones artísticas y apoyo por parte de todos los colaboradores de la institución en donde este supuesto pudiera producirse. ¿Hablamos de una utopía? Yo no lo creo así. Estamos hablando de una verdadera labor de equipo y ésta no solo se encuentra en el fútbol.

Sea como fuere, en la actualidad no ostenta ninguna titularidad aunque son numerosas las ofertas para trabajar como invitado tanto dentro como fuera de España. En mayo de 2003 , sin ir más lejos, dirigió a la Orquesta de Córdoba en un programa realmente atractivo, repetido luego en el Festival de Úbeda.
Bueno, fue un programa que me vino dado pero, en cualquier caso, era muy coherente e interesante, con “Sonidos Negros”, estreno de Raquel Jurado, las “Canciones y Danzas de Muerte” de Mussorgsky y la “Trágica” de Schubert. Todas ellas tienen ese carácter dramático que sin duda Gloria Isabel Ramos buscó como hilo conductor. La obra de Raquel Jurado está muy bien concebida formalmente, y también en el aspecto tímbrico y armónico; creada a base de motivos interválicos y melódicos que utiliza sabiamente para incrementar la presencia de la orquesta, pienso que la obra interesó mucho al público.

Usted siempre ha mostrado un gran interés por la música española y desde luego la contemporánea. Además de este estreno, en esa misma época ente dirigió a la Orquesta Filarmónica de Málaga “Introducción y Fandango” y “Juventus” de Antón García Abril, en un programa enteramente español.
Antón García Abril, a quien aprovecho para felicitar muy cordialmente en su setenta aniversario, fue profesor mío de solfeo (de la etapa de los “premios extraordinarios, claro) (risas) y recibí de él unas clases maravillosas en las que él acompañaba magníficamente al piano. Siento muchísimo cariño por él y he hecho parte de su obra. “Juventus”es un brillante concierto para dos pianos, con un riquísimo acompañamiento orquestal. Para mí, Antón es el Samuel Barber español; es un compositor lleno de técnica, sapiencia e imaginación y romanticismo, que combina perfectamente el clasicismo con un idioma moderno; pero sobre todo, toca el alma con mucha facilidad y lo hace en casi todas sus obras, incluida “Juventus”.

Este interés por la música contemporánea no se refleja únicamente en su labor como director, sino que también ha realizado algunas incursiones en el mundo de la composición, especialmente en este corto periodo en el que se ha encontrado ausente de los podios en nuestro país. ¿Piensa estrenar alguna obra próximamente?
¡Ojalá! La composición es una especie de arcano para mí. Estudié con Josef Hofmann, quien fuera amanuense de Schönberg, entre otros. Claro está que al dedicarme a la dirección de orquesta, la proximidad al papel pautado es una constante en mi vida que me invita constantemente a escribir. En cualquier caso, habitualmente destruyo todas mis tentativas porque creo que, por el momento, no he desarrollado un lenguaje personal. Últimamente revisé unos preludios para piano y quizás va siendo hora de que los dé por finalizados y deje de hacer correcciones; lo mismo sucede con una “Sinfonieta” para orquesta clásica a la que he dedicado muchas horas y estoy dando los últimos retoques.

Hablando de pasar muchas horas en los últimos meses, tengo entendido que muy pronto dirigirá la primera ópera de Granados, “María del Carmen”, de cuya edición crítica es responsable.
Tengo que decir que Emilio Casares, director del ICCMU, me ofreció llevar a cabo esta tarea y yo acepté sin ser consciente de que este trabajo iba a ser tan gratificante. Ante mis ojos apareció esta primera incursión importante de Granados en el mundo de la ópera, que fue estrenada en Madrid a finales del XIX con gran éxito de crítica y público. Se trata de una ópera de tema murciano que según Fernández Cid, biógrafo de Granados, fue pergeñada por su autor después de un estudio “in situ” de la tradición y el folklore de la huerta murciana, envuelta en un tratamiento excelso de la orquesta, con un sentido extraordinario del texto y el drama costumbrista, de Feliú y Codina. Es una ópera en tres actos, de corte verista, que requiere cantantes de gran fuerza dramática tanto en sus voces como en su expresión.

Ya es lamentable, en cualquier caso que tengamos que agradecérselo, y desde luego que lo hacemos, a un festival irlandés y no a una iniciativa española, tratándose de Granados.
Vuelvo al discurso del “orgullo patrio”. Soy consciente de que teatros como el Liceo y el Real están acometiendo este tipo de proyectos. Es deseable que mantengan esa política. Todos sabemos que el gran público reclama ante todo las grandes obras del repertorio universal, pero esto no quiere decir que óperas como “María del Carmen” no puedan pasar a formar parte del gran repertorio, pues sin duda los aficionados se entusiasmarán con ella. El problema es que habitualmente no protegemos lo nuestro y parece mentira que a estas alturas sea necesario proteger el nombre de Granados. La mejor forma de proyectar este tipo de obras sería presentarlas con todos los honores, en una gran producción que permita disfrutar de la grandeza de la obra. En primer lugar, en “María del Carmen” el tratamiento de la voz es muy cuidado. Ningún cantante va a decir “no me gusta”. En segundo lugar, con la orquesta pasa exactamente lo mismo. Por último, cualquier espectador que pueda disfrutar de “Cavalleria rusticana”, estoy convencido de que lo hará doblemente de “María del Carmen”.

Hablaba hace un momento del placer de trabajar con jóvenes cantantes. Los jóvenes músicos han sido otra constante en su vida como director, en la que ha buscado frecuentemente apoyar a los nuevos valores, prefiriendo en ocasiones la calidad al nombre, con el riesgo que esto supone.
Además de que es mucho más divertido trabajar con artistas que tienen mucho que ofrecer y una gran ilusión por hacerlo, hay un motivo para todo esto: yo no lo pasé bien para empezar al comienzo de mi carrera. No quiero que un joven con talento pase por esas dificultades. Siempre me ha interesado ayudar a nuestra juventud en sus primeros pasos. Tenemos muchos talentos en nuestro país y todos los programadores y responsables culturales deberían alimentar una política de apoyo a quienes lo merezcan, que no son pocos.

Por otro lado, el trabajo con orquestas jóvenes empieza a ser una “especialidad” en su carrera como “free lance”. Ha trabajado en 2002 dirigiendo el Festival Internacional de Orquestas Jóvenes de Murcia y fue invitado para dirigir a la Joven Orquesta Nacional en su gira del verano 2003.
Me entusiasma trabajar con tantos jóvenes de talento. La JONDE es lo mejor de nuestra juventud orquestal. Espero que nunca pierdan su idealismo, que comprendan que la música requiere una gran dosis de trabajo. Por fortuna, el sistema de trabajo de esta orquesta es idóneo para obtener unos resultados óptimos, con un tiempo para ensayos y aprendizaje que permite profundizar en los planos sonoros y el equilibrio orquestal.

Volviendo por un momento a “Juventus”, usted dirigió en Málaga a dos jóvenes y grandes pianistas: Iván Martín y Daniel Ligorio.
Así es. Iván Martín fue el ganador del concurso Frechilla-Zuloaga en Valladolid, con cuya filosofía y modo de hacer las cosas me siento muy identificado. Creo que es uno de los pianistas más preclaros de nuestra juventud y que tiene una gran carrera por delante. De la misma forma, Daniel Ligorio, con quien grabé para Naxos el concierto para piano y orquesta de Rodrigo. Es un pianista muy profesional y apasionado y...que no falla nunca.

Hablando de discos, por fortuna gran parte de su trabajo con la Orquesta de Castilla y León ha quedado grabada para la posteridad, y alguna de estas grabaciones ha obtenido gran reconocimiento internacional, como el que recoge “Spanish Classics” de Turina, (Naxos) recomendado entre los diez mejores discos de abril por la revista “Gramophone”.
En una época en la que todo el mundo graba y existen medios técnicos para hacerlo con mucha calidad, está claro que lo interesante es grabar más que nadie. Yo tenía una orquesta y la mejor forma de venderla, su mejor tarjeta de visita eran los discos. Tuvimos los medios económicos para disponer de nuestro propio estudio de grabación en nuestra propia casa, que era el Teatro Carrión en Valladolid. El objetivo era destacar a nivel nacional, en primer lugar, y posteriormente el lanzamiento internacional de la Orquesta de castilla y León. Para esto teníamos que abordar un repertorio con el que se nos pudiera comparar a las grandes orquestas internacionales: Beethoven, Brahms, Dvorak, etc. Esto fue muy criticado. ¿Por qué una orquesta española tenía que hacer este tipo de repertorio? Pues precisamente porque lo podíamos hacer igual o mejor que muchas orquestas alemanas, como queda demostrado en esas grabaciones y en esas críticas, no ya nacionales sino internacionales. Por otro lado, siempre consideré prioritario el repertorio sinfónico del XIX español. Hay grandes sinfonías de Marqués, Chapí, Bretón, Conrado del Campo, compositores que son grandes desconocidos en el campo sinfónico, pero con una inmensa calidad. He grabado mucho de esto pero queda mucho por hacer. No sé si llegamos a grabar unos sesenta “master”, de los que no habrán visto la luz en disco más de la mitad.

Después de tan brillante carrera, sorprende que no haya dirigido nunca en temporada de abono a algunas orquestas como la Nacional de España, Nacional de Cataluña, Real Orquesta Sinfónica de Sevilla o la Sinfónica de Galicia.
Creo que la respuesta está implícita en la misma pregunta. Mi colaboración con la ONE en conciertos extraordinarios han contado siempre con estupendas críticas; sin embargo, todavía estoy esperando una invitación para dirigirla en temporada; el resto es un arcano para mí. Tal vez algún día se despeje la incógnita. (Risas).