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 ENTREVISTAS
 
Renata Scotto. La grandeza de una voz humana.
Por Juan Aelle


Si hay algo que no puede dejar de mencionarse en las biografías de Renata Scotto -la mujer frágil y menuda que se embute bajo un gorro rojo de lana, mezclándose, anónima, en los cientos de ciudades donde su profesión le lleva, aprendiéndose a sus gentes, y la artista que escapa de su reducida estatura, creciéndose a la vista del espectador sumergida en el personaje de turno: Fedora, Mimì, o la mujer sin nombre que se deshace abrazada a un teléfono en "La Voz Humana", de Poulenc- es su capacidad para conjuntar en escena voz, gesto y movimiento. La verdad está con ella; el verismo es su bandera. Y a pesar de haber antepuesto su vida familiar a la carrera, la grandeza de esta artista de Savona fue capaz de evitar que las dos estrellas que reinaban en el universo lírico de su país, cuando ella dio los primeros pasos en las tablas, eclipsasen su incipiente carrera. Aunque el precio tuviera que saltar el Atlántico, para instalarse en esa América a quien tan reconocida se siente, La Scotto, que declara sentirse un poco española, como demuestra incluyendo en sus recitales a Granados y Obradors, ahora está pensando seguir con Turina y Falla- .

Renata Scotto comienza su recital y los muros de la sala saben de memoria el programa, después de escuchárselo ensayar una y otra vez. ¿Es el tesón su principal virtud?
Lo más importante para mí es una profunda preparación. Nunca hago un concierto sin ensayarlo horas y horas. Todo debe estar muy bien aprendido y preparado. Sólo así entro en escena tranquila para dar el máximo al público con ese tesón, que me da fuerza para no dejar nada al azar. Si tuviera que pensar en mí, no podría comunicar.

Sus comienzos serían difíciles, en un país con los amantes de la ópera divididos en los bandos de dos sopranos.
Comencé mi carrera tan joven, que nada me parecía difícil. Con sólo dieciocho años canté "Traviata", y con diecinueve debuté en la Scala cuando me eligieron como soprano coloratura medio y ligera, en ese papel tan difícil del Walter en "La Wally" junto a dos colosos como Del Monaco y Tebaldi. Era tan inocente que no me daba cuenta de si tenía dificultades, y con tanto entusiasmo, no me quedaba un hueco para la frustración. En un momento dado, a los dos años de cantar, hablo de cuando tenía veinte, tuve una pequeña crisis que duró seis meses, porque el maestro que tenía me hacía cantar casi sin técnica. Luego, gracias a Kraus, un gran amigo y un gran colega con quien trabajar supone todo un placer, conocí a Mercedes Llopart y con ella encontré mi repertorio justo; me reorientó mentalmente, y mi carrera comenzó como debía. Todo se sucedió desde entonces más o menos bien, rodeada de maestros excelentes a los que adoraba. En "La Sonnambula", Antonino Votto me enseñó mi papel y cuando debuté en la Scala con "Bohème", el mismo Votto, que era el director de orquesta me enseñó el de Mimì. Después, ya en los setenta, Gianandrea Gavazzeni me derivó hacia el repertorio verdiano un poco más dramático. He sido muy afortunada cerca de maestros tan grandes.

Siempre se refiere a sus maestros. Pero y sus colegas, ¿perdonaban ellos su juventud y su ilusión?
Nunca he creído en una carrera basada en la rivalidad. Yo los encontraba simpáticos a todos, y me sentía querida... ¿a qué colegas se refiere?

A Callas y a la otra Renata, la Tebaldi.
Desde el comienzo tomé mi carrera con mucha seriedad profesional y al tiempo muy tranquila, sin envidias, sin celos, sin maldad, y con mucha alegría, con la ayuda de mi maestra y de mi marido, que era violinista en la Scala. Callas y la Tebaldi ya habían llegado a la cumbre. Eran dos estrellas allí arriba, y yo estaba empezando. Pertenecía a la generación que las seguía, y no les iba a molestar. Por la misma razón, ellas no me molestaron. Existió ese periodo inicial en que alguien comienza a ascender... Pero entre nosotras nunca hubo problemas. Por eso siempre digo que me quisieron mucho. No sé si a mis espaldas no me querían tanto, eso no puedo decirlo. No temía a mis colegas y, como principiante, sólo quería llegar a ser como ellas.

¿Por qué se fue a los EE.UU.?
Ante todo, porque mientras en Italia se firmaban sólo contratos para la temporada, ni siquiera para el año siguiente, en América acababa de formalizar actuaciones para tres o cuatro años, con nuevas producciones que implicaban mucho tiempo fuera. Además, tenía compromisos con televisiones y casas de discos, cuya grabación me convertía en una cantante internacional. Tantas cosas, que me instalé fuera de Italia, lo que quiere decir fuera de Europa. Luego estaba la cuestión familiar: no podía estar en América sin mis dos hijos pequeños y sin mi marido, así que decidimos el cambio de domicilio. Por último, porque aunque viniera de Italia, un país sinónimo de ópera, la patria del repertorio más importante, yo quería ser una voz internacional, una artista universal, no sólo italiana. Todas lo hemos deseado alguna vez, empezando por la Tebaldi. Luego, cuando mis hijos crecieron y comenzaron a asistir a la universidad, me resultaba más difícil regresar. Ahora, mi marido y yo nos sentimos más libres como para vivir entre Italia y América. Así que tenemos dos casas, aunque mantenemos la residencia americana.

¿En estos momentos, se siente más latina o americana?
Sin duda latina, italiana. Viviendo en otro país me siento mucho más italiana, incluso. En cuanto llego a mi país empiezo a encontrar esos defectos que no veo desde fuera y ¡ay de quien toque a mi Italia!.

La distancia es un arma de doble filo para el público, que igual añora que olvida. ¿Cómo la recibían cuando regresaba a Italia?
Después de un primer periodo muy largo fuera, al volver me dio la impresión de que alguno pensaba que me había alejado aposta de Italia. Me parecía sentir un punto de ironía, como diciendo: «tú elegiste marcharte». Lo notaba en entrevistas, o hablando con alguien. Cuando estaba en un escenario, más bien una vez al año que diez, el público me acogía con calor, porque le daba lo que me pedía.

Pasando a hablar del verismo, una parcela que domina como nadie, surge una pregunta ¿su teatralidad es innata?
Innato puede ser el sentido de comprender el fraseo, y algo tan importante como la palabra. El resto es estudio, preparación. Porque al verismo se llega, no se parte de él. Es como la música moderna: si no conoces cómo nace la música, no puedes llegar a interpretarla. Si no conoces el belcanto romántico o el clásico no llegas al verismo. Si no comprendes qué es Monteverdi, es decir, la palabra como teatro y música al tiempo, no puedes comprender el verismo. Lo que llamamos bagaje cultural preexistente me ha descubierto el verismo no sólo como un estilo nuevo que sigue al romanticismo, con una construcción musical distinta al recitativo-andante-cavaletta-gran concertante, sino como todo un hito donde la expresión interpretativa es mucho más rápida que la romántica. Yo he aportado la experiencia del belcanto al verismo, porque el verismo no debe convertirse en melodramático. Si esto sucede, deja de ser música. Esto es algo que sólo se percibe desde la experiencia.

¿Quién ayuda más a expresarse en los términos del verismo, un actor o un cantante?
Los dos. Me gusta mucho el teatro, y de él aprendí ante todo mi sentido de la recitación. Estudio lo que puede hacer en escena una actriz cantante, algo a veces difícil. Pero se puede intentar, sabiendo que los tiempos son mucho más lentos, porque la recitación es rápida cuando se trata de la palabra, y más libre, aunque también tenga un ritmo preciso. A la hora de cantar hay que tener en cuenta los tiempos lentos, porque la música tiene su importancia, y si tienes que hacer un gesto, no puedes hacerlo lento, sino esperar a que la música lo mande. La base de la recitación la aprendo del puro teatro y después la adapto. Por eso me fascina llegar a encontrar el sentido del ritmo entre palabra y música. No hablo del ritmo musical, sino del ritmo entre gesto, recitación y música. Es fascinante podérselo hacer entender a un cantante, que tiende a una recitación grandiosa de gestos largos con las manos para ayudar la voz. Y no es así, también se ayuda a la voz con las manos quietas. Esto, que ahora me resulta tan interesante, también tuve que aprenderlo yo estudiando.

Esa teatralidad del verismo supone una entrega extra, o ayuda a la hora de interpretar un personaje.
Con los bellinianos y los donizettianos, más difícilmente, porque existe una técnica vocal que debes usar como instrumento, mientras el texto se repite dándole a la música la posibilidad de expresarse. Otra cosa es en el caso de Verdi o Puccini, donde sí puede facilitar. La técnica la tienes -enumera como en un manual- "una vez adquirida una técnica vocal se va pasando de los compositores clásicos a los románticos y se llega al verismo". Con este bagaje técnico ya no se debe pensar ni en la voz ni en la técnica, que están ahí. Lo demás es un trabajo de interpretación. Un ejemplo claro lo tenemos en el "Me chiamano Mimì". Se trata de un recitativo, no de una romanza. Un recitativo que desemboca en un aria, que podría ser "ma quando vien lo sgelo...", y desde aquí se despliega la música en un gran arioso, en la famosa aria. Pero tenemos dos páginas de música donde hay que diferenciar dónde está el recitativo y dónde la explicación vocal para terminar con otro recitativo. Es la sencillez absoluta. Cuando veo un cantante que lo que pretende es arrancar un aplauso, no me gusta. El aplauso me gusta por el contexto del personaje porque, en la construcción, Puccini no busca el aplauso tras el gran aria. Allí no hay una gran aria: hay un gran personaje. El gran aria no está escrita. "Visi de arte" no tiene un final, continúa con un recitativo.

Los que están arriba suelen negar la existencia de nuevas generaciones de cantantes, ¿está de acuerdo o piensa que les ciegan los celos?
Siempre hay un periodo de paso, donde la gran estrella comienza y nadie la conoce, pero yo estoy segura de que existen hoy día magníficos cantantes. Lo que me preocupa es que los jóvenes sepan que no se puede llegar a ser popular en cortísimo plazo. Hay que crecer y tener paciencia. Pero con tanta presión de los periódicos, la televisión y la publicidad acaban quemándose, porque fallan los nervios. Hay cantantes, falta darles tiempo. Conocí hace poco a Ainhoa Arteta, que estudió un poco conmigo, y ya es una querida amiga, una cantante excelente y simpatiquísima, a quien auguro una gran carrera.