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 CLAVES PARA DISFRUTAR DE LA MÚSICA
 
El Nacionalismo
Por Joaquín Turina Gómez



Con el nacionalismo volvemos a caer en la trampa de la clasificación. En realidad todos los autores englobados en este capítulo podrían estarlo perfectamente en el anterior, dedicado al romanticismo tardío, pero con la excusa de la nomenclatura tenemos ocasión de tratarlos más por extenso. En el fondo no hay un cambio estético esencial entre lo que describía Andrés Ruiz Tarazona en el primer capítulo dedicado al romanticismo (Memento: búsqueda de una expresividad nueva para los sentimientos, amor al pasado, relación entre amor y muerte, la noche, la soledad, el misterio, la tradición, el gusto por lo popular, los bosques, los jardines abandonados, las ruinas) y los fundamentos de la música naciona-lista.

Por eso la explicación del nacionalismo en el arte de los sonidos no puede ser estrictamente musical. Ya los románticos de la plenitud habían fijado su atención en la literatura y la música folclóricas, es decir, en las narraciones o cuentos, en las leyendas y en las canciones o danzas populares. La cosa venía de más atrás, pero los románticos volvieron a la raíz del pueblo como forma de lucha contra el anquilosamiento del clasicismo y sus reglas rígidas. Los llamados nacionalistas viven en un mundo político en el que el arte tiene un significado de afirmación nacional. En algunos países, como Rusia, se busca esa afirmación contra el imperio de la música importada, que durante muchos años había dominado a la clase culta. En países sojuzgados bajo la artificial unidad, por ejemplo, del Imperio Austro-Húngaro -Hungría, Bohemia-, ese nacionalismo en el arte es un grito de rebeldía contra la opresión. Potenciando las costumbres y las artes autóctonas, los pueblos con personalidad propia luchaban contra una imposición autoritaria que intentaba la igualdad hecha por la fuerza. Movimientos como el de la Unidad Italiana también se apoyan en un romanticismo nacionalista, pero no fundado en el folclore. Los italianos se lanzan a la calle al grito de «¡Viva Verdi!», en primer lugar porque era el anagrama de Vittorio Emmanuele Re D'Italia, y en segundo porque Verdi había proporcionado en sus óperas cantos de libertad a la nación unida.

En España también el nacionalismo tiene ese significado de reacción, no contra la dominación política extranjera, sino contra el predominio de la música operística italiana. Un país, Hungría, tuvo la fortuna de anticipar su nacionalismo en la plenitud del romanticismo, gracias a la figura de Franz Liszt, cuya inspiración en motivos folclóricos -aunque fueran preferentemente zíngaros- sirvió de modelo a las escuelas nacionalistas. En Hungría hay que llegar al siglo XX para encontrar un segundo nacionalismo, con figuras tan importantes como las de Bartok y Kodaly. Estos modernos nacionalistas no se limitan a usar un material folclórico, sino que, llegan a la misma esencia de lo popular.

En Rusia, siguiendo la línea del precursor Glinka -al que apasionó tanto el arte popular de su patria como el español, que conoció directamente en nuestro país-, el núcleo nacionalista está en el llamado «grupo de los cinco», formado por Balakirev (Nizni Novgorod 1837-San Petersburgo 1910), Cesar Cui (Vilnius 1835-San Petersburgo 1918), Borodin (San Petersburgo 1834-1887) médico y químico de profesión, tuvo la música como una apasionada afición, Rimski-Korsakov (Tichvin 1844-Liubensk 1908) que fue el único músico profesional entre sus ilustres compañeros e influyó grandemente en la vida musical rusa y con sus óperas estableció un estilo, ya que escribir óperas de carácter ruso era combatir la influencia extranjera. Algunas de sus óperas tienen alusiones políticas, pues el compositor se adhirió a la causa revolucionaria contra los zares, y Modest Mussorgsky (Karevo 1839-San Petersburgo 1881) de familia distinguida, oficial del ejército en su juventud, hombre brillante y refinado, Mussorgsky, al dedicarse al arte, sufrió un choque vital que le hizo derivar hacia una vida tan desordenada como desgraciada. Autodidacta en lo musical, su enorme in-tuición y su talento natural le llevan a ser un creador en la más amplia exten-sión de la palabra. La música para él es un reflejo de la vida y de la verdad.

En Bohemia el patriarca de la música checa es Smetana (Litomysl 1824-Praga 1884), al que sigue inmediatamente Anton Dvorak (Nelahozeves 1841-Praga 1904), un ejemplo de compositor nacionalista, ya que fundó toda su obra en los temas populares de su Bohemia natal, pero cuando tuvo ocasión también fijó su atención en otros folclores, por ejemplo el de los Esta-dos Unidos.

El nacionalismo escandinavo tiene a su mejor representante en el suave e íntimo Edward Grieg (Bergen 1843-1907), un compositor intimista y afecto a las pequeñas formas, sobre todo por reacción contra la influencia del sinfonismo alemán. Si incluimos en este capítulo al finlandés Sibelius (Tvastehus 1865-Jarvenpaa 1957), romántico tardío que alcanzó la segunda mitad del siglo XX, es porque también fue símbolo de libertad contra la opresión rusa y supo crear un nacionalismo con limitada base folclórica, fundado más bien en el ambiente y el paisaje. Con Sibelius desapareció todo un senti-miento musical romántico y nacionalista.

Podrían tener cabida en estas líneas los compositores ingleses como Elgar y Vaughan-Williams, creadores de un estilo particular británico que ha continuado en nuestro siglo, pero tenemos que dejar sitio para los españoles, que en esta ocasión podemos medirnos por el mismo rasero. Tenemos varios precursores, como vimos en el capitulo dedicado al último romanticismo, y un adelantado a su tiempo en la figura de Teobaldo Power (Santa Cruz de Tenerife 1848-Madrid 1884), que cronológicamente pertenece al periodo anterior. Con sus Cantos canarios indicó el camino a seguir, pero sin que su obra tuviera una influencia importante.

Cuando realmente contamos los españoles en la historia de la música es con Isaac Álbeniz (Camprodón 1860-Cambó-les-Bains 1909), Enrique Granados (Lérida 1867-Canal de la Mancha 1916), Manuel de Falla (Cádiz 1876-Altagracia 1946) y Joaquín Turina (Sevilla 1882-Madrid 1949). Los dos primeros proceden directamente del romanticismo pero gracias a la inventiva y a una técnica superior depuran las pequeñas piezas de la música de salón hasta convertirlas en obras de arte. Falla -introspectivo- y Turina -extravertido- pertenecen a una segunda oleada del nacionalismo español. Cada uno de los cuatro nos da una imagen distinta de España, y lo mejor del asunto es que las cuatro son verdaderas.